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Un libro puede ser un gran regalo de Navidad

  • Juan Ignacio Izquierdo Hübner
  • abogado y teólogo
Publicado el 25/11/2021 a las 07:50
A veces ocurren cosas que, aunque pequeñas, asombran. Lo que contaré ahora les podrá parecer demasiado pequeño, quizá lo es pero, ¿cómo podríamos habitar el mundo sin los pequeños gestos humanos?
Salía de la Biblioteca de la Universidad de Navarra, caminando hacia la amplia explanada de losas azules (que cuando llueve transforma los zapatos en patines, pero ese día reflejaba el sol de la tarde como un lago pacífico), cuando vi, acercándose desde el Edificio de Amigos, que está al otro extremo de la explanada, una silueta que me pareció familiar. En la medida que nos aproximábamos a la mitad de la explanada, lo reconocí: era Marcos. “¡Chee, Jota, qué alegría verte. Vine a hacer un intercambio”, me dijo. Lo mismo sentí yo e intentamos ponernos al día con esa torpeza tan propia de los reencuentros. Conocí a Marcos en Roma, hace tres años. Él es argentino y coincidimos en la misma Universidad. Cada vez que nos veíamos en un pasillo, o al caminar hacia la estación del trenino, nuestra conversación se llenaba de risas por los asuntos más banales. Hace un año vine a Pamplona para continuar los estudios en la Universidad de Navarra y él se quedó en Roma. Desde entonces solo nos hemos enviado algunos wasaps esporádicos.
De pronto, él se acordó de algo importante y se puso serio: “Tengo un libro que me gustaría prestarte. Mientras lo leía en Roma me acordaba de ti y decidí traértelo”, decía mientras lo buscaba en la mochila. “¿Justo lo traes encima?”, le pregunté atónito por la casualidad. “Bueno, en realidad lo llevo cargando desde que llegué, esperando la oportunidad de encontrarme contigo”. “¿Hace cuánto tiempo llegaste?”, pregunté, temiendo la respuesta. “Ehh, como hace un mes…”, me respondió sin dar importancia alguna a su esfuerzo. Me pasó el libro, era un ejemplar finito que pesaría unos 250 gramos, pensé vagamente en cuánto sería el peso acumulado después de cargar 250 gramos durante un mes, le di las gracias e hice pasar el libro al primer puesto de mi lista de espera. Lo leí con gusto. En el autobús, en la sala de estar o a la luz de la lamparilla de noche. Hace un rato lo guardé en la mochila para devolverlo a Marcos cuando nos volvamos a ver por ahí: dejaré espacio a la sorpresa para estar a la altura de la mística que ha tenido todo este episodio.
¿Por qué nos gusta tanto recibir regalos (o préstamos, en el caso de mi anécdota) que provienen de un amigo? Por el afecto que ese obsequio significa y expresa. Visto así, la literatura nos ofrece un campo maravilloso para que la expresión sea alta: pensar en un título, leerlo y compartir ese hallazgo con otro es un modo de decir: “conozco tus intereses y los valoro”. O recomendar un libro aún no leído, para embarcarse juntos en la aventura de leerlo, puede ser una excusa para fortalecer esa amistad en torno a un interés común; y, ¿por qué no?, en lugar de comprar o recomendar un libro, escribirlo. Bueno, quizá esto es demasiado, pero ¿una carta?, ¡qué buena costumbre tenían nuestros abuelos y qué lástima me da que la estemos perdiendo!
Viene la Navidad y nuestra cabeza va orientándose hacia la compra de regalos. Hay muchas opciones, pero recordemos que las palabras tienen una fuerza expresiva muy difícil de superar.
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