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Arquitecturas singulares

Las fugaces carpas de un delirio sobre el que ahora se asienta el Baluarte

En el verano de 1972, Pamplona vivió una experiencia de arquitectura efímera única, dentro de un evento irrepetible

Ampliar Las carpas, montadas en el solar que hoy ocupa Baluarte
Las carpas, montadas en el solar que hoy ocupa BaluarteJ.M de Prada Poole
  • Israel Nagore
Actualizado el 29/01/2022 a las 09:13
En el verano de 1972, entre el 26 de junio y el 3 de julio, Pamplona vivió una experiencia de arquitectura efímera única, dentro de un evento irrepetible, que marcaría la historia cultural de la ciudad para siempre.
Los Encuentros fueron un festival de arte de vanguardia sin precedentes, que surgió como una iniciativa patrocinada por la familia Huarte, con la organización del grupo Alea, y que trajo a Pamplona a más de 300 artistas procedentes de todo el mundo para dar cabida a las últimas tendencias artísticas. El evento siguió la propuesta de “arte en la calle”, y la ciudad se transformó en un gran escenario, convirtiendo el espacio público en laboratorio de ideas, por medio de exposiciones y actuaciones, que buscaron hacer partícipe al ciudadano.
Es difícil imaginar lo que supuso para Pamplona, una ciudad de provincias en la dictadura franquista, un acontecimiento de este tipo. Durante unos días lo local se mezcló con lo importado, lo atemporal con lo transitorio, lo cotidiano con lo inesperado, lo conservador con lo vanguardista, incluso lo esnob, en una especie de delirio carnavalesco que se acercó a lo surreal.
Hubo espectáculos de danza, poesía y teatro interactivo. El paseo de Sarasate se vio ocupado por estructuras tubulares y cabinas telefónicas que ponían en contacto a personas en distintos puntos de la ciudad de forma aleatoria. El padre de la música electrónica, John Cage, actuaba en la Sala de Armas de la Ciudadela, acompañado de otro mito, el coreógrafo Merce Cunningham. Tres corredores de marcha, entre los que estaba el artista Robert Llimós, marchaban por la ciudad y eran arrestados por escándalo público pero inmediatamente puestos en libertad al tratarse de una performance. Todo eso y mucho más. La calle se llenó de contrastes, de encuentros imprevistos, de desconcierto y de un ambiente festivo y algo caótico que en cierto modo recordó a la vorágine sanferminera.
Como parte del festival, se propuso montar una instalación temporal que acogiera una parte importante de las actividades y exposiciones. Para proyectarla, se iba a contar con un joven arquitecto de Valladolid, de personalidad carismática y look setentero a medio camino entre Jim Morrison y Pete Seeger. Y uno de los diseñadores más provocadores que ha dado el siglo XX: José Miguel de Prada Poole.
En un principio el proyecto iba a ocupar la Plaza del Castillo, sitio elegido meses antes del evento. Prada Poole había diseñado una cubierta que a modo de parásito colonizaba la plaza, extendiéndose de lado a lado por encima del quiosco y los árboles. Pero el Ayuntamiento denegó el permiso.
El proyecto se llevó finalmente al solar que ocupa actualmente Baluarte, alzándose las estructuras perecederas - con cierta ironía- junto a la muralla centenaria de la Ciudadela. Y digo alzarse en sentido literal porque más que construirse, simplemente se inflaron en cuestión de minutos, utilizando sólo dos materiales (uno de ellos invisible): plástico y aire.
En esta nueva localización se proyectó una agrupación de bóvedas esféricas macladas, once en total, de dimensiones gigantes (25 metros de diámetro y 12 de altura). Cada una estaba conectada con sus vecinas y coloreada en blanco naranja o amarillo.
Al entrar en el recinto uno se encontraba un espacio interior sorprendente, de sonoridad sorda; un laberinto de recorridos, con cambios en la luz coloreada, la presión y temperatura entre una lámina y otra.
Para completar el diseño, se añadió a las cúpulas una fragancia de vainilla que acompañaba al visitante en su experiencia estética. Porque claro, la arquitectura neumática tiene sus virtudes pero no parecía apropiado disfrutar del arte conceptual con olor a plástico reciclado.
Pocas veces se ha concebido una arquitectura tan contundente capaz de dotar de valor por sí misma a un espacio expositivo. El interior diáfano creaba un espacio flexible, a la vez obra de arte y escenario, contenido y continente. Se planteaba además una reflexión sobre la forma de construir nuestras ciudades, la permanencia y el impacto de la arquitectura en el paisaje, en busca de una arquitectura móvil y económica que no dejara huella.
Prada Poole falleció el agosto pasado, en un año triste para Los Encuentros en el que se fue también Luis de Pablo, uno de los organizadores, sólo meses antes del cincuenta aniversario del evento. Sus cúpulas fueron un acontecimiento fugaz, casi espontáneo. Se alzaron en unas horas y desaparecieron en cuestión de minutos, exactamente el tiempo que costó apagar unos cuantos ventiladores. Se esfumaron sin dejar rastro, como pompas de jabón que se lleva el viento, dejando sólo el recuerdo imborrable de lo que fue un buen sueño.

CLAVES

Autor: José Miguel de Prada Poole. Valladolid 1938- Madrid 2021.

Educación: Arquitecto Doctor por la ETSAM. Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid

Obra y premios significativos:

La ciudad instantánea de Ibiza(1971).

Cúpulas Encuentros de Pamplona (1972).

Hielotrón de Sevilla (1975).

Palenque de Sevilla (1992).

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