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Obituario

María Jesús Cabañas, medio siglo de teatro pamplonés

Ampliar María Jesús Cabañas, hacia 1975 durante el estreno de un film de Luis Cortés
María Jesús Cabañas, hacia 1975 durante el estreno de un film de Luis Cortés
  • Ignacio Aranguren
Publicado el 29/08/2021 a las 17:47
El pasado 21 de agosto fallecía en Pamplona María Jesús Cabañas Ferrer. Tenía 97 años. Para su despedida ante familiares y amigos, su sobrina Elena nos preparó una acertada semblanza recordándonos algunos momentos de la intensa vida de su tía María Jesús, Maruja, Maruchi, Kachuchi, Piruja, Maruja la bruja… Sin embargo, entre tantos nombres unidos a tantas actividades artísticas (actriz, orfeonista, tejedora, artesana…) como desarrolló durante su larga vida, para mí y para otros muchos teatreros pamploneses María Jesús Cabañas fue y seguirá siendo siempre La Cabañas. Así, con ese artículo determinante que sirve para señalar lo que nos es único, lo que nos resulta irrepetible.
La Cabañas, a medida que avanzaba su edad, que siempre llevó con garbo y lucidez, solía pedir a su familia un funeral alegre. Quería ser despedida y recordada entre sonrisas. Algo que hoy nos resulta muy fácil de cumplir a cuantos la conocimos.
Hablé con La Cabañas no hace muchos meses cuando empezábamos a preparar para la próxima primavera los actos de conmemoración del cincuentenario del Grupo de Teatro El Lebrel Blanco en el que ella tanto participó. Allí, en el salón de su casa, a la vez que me mostraba algunos de los recuerdos de su dilatada vida teatral y musical, iba enhebrando comentarios sorprendentes y salidas desternillantes.
Sobre sus inicios teatrales, contaba con salero La Cabañas que empezó actuando en el cuadro artístico femenino del Colegio María Auxiliadora (Servicio Doméstico). Al parecer nunca le dieron los codiciados papeles de hada o de princesa. Entonces, lista y rápida como era, debió de comprender María Jesús que, a causa de su voz tan personal y grave, nunca haría el papel estelar de la patricia romana que suelta su brillante alegato a punto de ser conducida al martirio. A la vez debió de intuir que gracias a esa voz poderosa y a su figura esbelta podría hacerse con las mejores malvadas de los repartos. Pronto experimentaría, imagino, que los personajes malvados son los más divertidos para interpretar en escena. Y ella se divertía de lo lindo encarnándolos. Como nosotros viéndola.
Yo no la conocí en su etapa de madrastra o bruja casi titular en el desaparecido Teatro Olimpia actuando en la Institución Cunas del Padre Carmelo. En cambio, sí que la recuerdo cuando se creó El Lebrel Blanco en 1972 actuando en el Teatro Gayarre delante de los espléndidos telones pintados por Lozano de Sotés y Pitti Bartolozzi que entonces volvieron a utilizarse. ¡Con qué alivio y emoción los espectadores disfrutábamos y aplaudíamos cuando la malvada bruja de La casita de chocolate era empujada por Hansel y Gretel hasta caer en las llamas del impresionante horno pintado del decorado! (Por suerte, en aquella época no existían todavía los pedagogos tiquismiquis). En aquel momento de clímax dramático infantil, con tantos retorcimientos y alaridos, La Cabañas disfrutaba y hacía disfrutar a niños y grandes. ¡Cómo no vamos a recordarla ahora con una sonrisa o una sonora carcajada como eco de tantas compartidas!
Pero también La Cabañas, nuestra María Jesús Cabañas, tuvo muchos más registros dramáticos. Aportó su voz, su figura y su talento en títulos de El Lebrel Blanco como Yerma, Nueve brindis por un rey, El retablo del flautista y tantos otros, como en los amplísimos repartos corales de los textos de Patxi Larráinzar. Si aportó su valía a personajes de carácter, tanto en espectáculos infantiles como en comedia o en farsa, también supo medirse con personajes de sentimientos contenidos. Estoy evocando su voz ahora doliente en la grabación sonora de 1973 del Auto de la Pasión de Lucas Fernández interpretando a María Cleofás. En esta grabación junto a grandes intérpretes de El Lebrel Blanco, su voz se quiebra en delicados matices dramáticos. María Jesús Cabañas también sabía emocionar.
No obstante, algunas veces ensayar o actuar con María Jesús Cabañas también podía convertirse en una aventura hacia lo desconocido. Con su temperamento nervioso e inquieto, podía olvidar el texto e improvisar sobre la marcha haciendo que los demás actores se tuvieran que poner las pilas para que nada trascendiera a la platea. En aquellos casos, algunos de los actores más jóvenes comenzábamos a reír entre bastidores hasta que venía Valentín Redín a pedir explicaciones y alguno respondía: Nada, no pasa nada. Solo que ya está otra vez María Jesús mejorando al autor.
Y tantas, tantas anécdotas y situaciones divertidas vividas a su lado o conocidas de oídas. Solo sus más allegados, qué lástima, tuvieron la oportunidad de verla en sus imitaciones de Sarita Montiel, con su boa de plumas y su picardías de gasa, en las fiestas familiares.
Sí, cómo no reír con La Cabañas. Cómo no recordar sonriendo a esta mujer tan polifacética e inquieta, bienhumorada y positiva, leal y cariñosa amiga. María Jesús Cabañas, pedirte a ti que descanses allá donde estás va a resultar un contrasentido. Cuando nos despedimos hace pocos meses me confesaste que todavía seguías echando muy en falta el teatro. Por eso estoy convencido de que nada más llegar ya habrás convocado a los coros de ángeles para ensayar un réquiem o una zarzuela. Conociéndote, te imagino enseñándoles ese fragmento de La alegría de la huerta, la zarzuela que tanto te gustaba cantar. Nada más apropiado para cantarlo allí, porque ese fragmento se llama el Coro de las beatas y comienza así: “Con mi librico y mi rosario / por las mañanas a la iglesia voy / y a la Fuensanta pido en mis rezos / que me conserve tan sanica y colorada como estoy”. Pues así te recordamos todos, María Jesús Cabañas.
Ignacio Aranguren, profesor de teatro y amigo de la fallecida
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