Edición impresa

Actualidad Navarra, Pamplona, Tudela, Estella, Osasuna, Deportes, Gobierno de Navarra, Ayuntamiento de Pamplona, Política, Economía, Trabajo, Sociedad.

Arquitecturas singulares

El jardín de los muertos

En un herbazal entre hayedos y castaños, Miguel Gortari Beiner diseñó uno de los espacios más evocadores y mágicos de Navarra, el cementerio de Burguete

Ampliar Vista general del cementerio de Burguete.
Vista general del cementerio de BurgueteIván Benítez
  • Israel Nagore
Actualizado el 12/02/2022 a las 11:43
La Arquitectura ha tenido a lo largo de la historia una relación singular con la muerte, que ha dado lugar a todo tipo de construcciones funerarias. En Europa, desde las civilizaciones antiguas hasta la Ilustración, las iglesias fueron el lugar habitual para los muertos, hasta que, debido a los problemas de higiene, se empezó a reclamar la construcción de espacios específicos extramuros, apareciendo los cementerios tal y como hoy los conocemos.
Desde entonces, la realidad es que en la mayor parte de los casos, “la ciudad de los muertos” ha sido una copia a escala reducida de la de los vivos, acumulándose de forma poco imaginativa tumbas y monumentos historicistas, como si fuera un catálogo algo reaccionario de estilos arquitectónicos.
Pero hay excepciones. En Burguete hay un cementerio en el que no hay nichos, ni panteones, ni mausoleos; sólo hay un muro y un jardín, sí, un jardín para los muertos y para deleite de los vivos.
La historia que precede a este camposanto es similar a la de otros. Originalmente se situaba en el centro del pueblo, en la iglesia, y fue ampliándose en terrenos adyacentes, hasta que, en 1960 se decidió trasladarlo a las afueras, a un prado apartado junto al camino a Francia. Y en ese herbazal de Burguete, entre hayedos y castaños, en un rincón de los Pirineos, un arquitecto pamplonés, Miguel Gortari Beiner, iba a diseñar uno de los espacios más originales, mágicos y genuinamente evocadores que uno puede encontrar en Navarra.
Aunque en realidad el bueno de Gortari diseñó más bien poco; simplemente observó el lugar, meditó y, después de hablar con unos y otros, tomó una de las decisiones más difíciles que puede tomar un arquitecto; la de no construir. Sí, porque se trató de una intervención de puro ingenio minimalista. Y un ejercicio de sutileza alegórica.
Una gran ‘A’ en la entrada al cementerio de Burguete.
Una gran ‘A’ en la entrada al cementerio de BurgueteJorge Nagore
Al acercarnos, desde fuera, sólo vemos un muro curvo de piedra que se funde con el paisaje, como un elemento más del entorno, entre lo vernáculo y el llamado “Land-Art”, en el que la obra de arte se inserta en la naturaleza. Tres planchas de hormigón marcan el acceso formando una “A”, que es una marquesina y a la vez el paso a otra dimensión.
Entramos y el muro ahora nos envuelve. Una cruz y un altar se alzan al frente, pero los ojos se nos van directos al suelo, para observar sorprendidos una retícula de parterres. Hay cien parcelas en total, separadas por caminos de hormigón. Cada una pertenece a una familia del pueblo y tiene una estela discoidal en la cabecera. Porque el cementerio es un cementerio desjerarquizado, sin diferencias sociales. Está prohibida la colocación de panteones, ya que como explica el alcalde del pueblo Joxepe Irigarai, “todos somos iguales ante la muerte, sin distinción”.
Llama la atención la ausencia aparente de símbolos, aunque sí que los hay, pero son más sutiles y menos figurativos que los cementerios convencionales. La letra A (Alfa) de la entrada simboliza el principio de una nueva vida tras la muerte. El muro perimetral describe en planta una elipse (Omega) que simboliza el fin de la vida terrenal.
La planta del cementerio de Burguete dibuja una letra griega omega
La planta del cementerio de Burguete dibuja una letra griega omegaSITNA
¿De dónde le vendría a Gortari la inspiración para proyectar este “muro panteísta”?. Posiblemente de los monumentos megalíticos, los crómlech -círculos de piedras-, que fueron los primeros enterramientos conocidos en la zona. Un muro que captó la sencillez de la muerte y la plasmó en el paisaje.
La arquitectura al fin y al cabo no es tan importante, pero lo cierto es que nos acompaña en todo tipo de momentos, incluidos los más difíciles. Es en esas situaciones, las de los duelos más terribles, las más íntimas y dolorosas, cuando el diseño en los detalles más elementales puede cumplir una función; la de reconfortar.
No puedo acabar sin decirlo porque es un acontecimiento breve pero muy singular. En un día clareado de invierno, la luz tendida de mañana genera una sombra en cada estela, que se proyecta y alinea con la anterior, dibujando por momentos una retícula de penumbra perfecta sobre el jardín parcelado. La cruz participa y preside este éxtasis geométrico con el paisaje del pirineo de fondo. Simplemente éso. Puede que ustedes presencien algún día un espectáculo tan sublime pero dudo que sea en esta vida.
volver arriba

Activar Notificaciones

Continuar

Gracias por elegir Diario de Navarra

Parece que en el navegador.

Con el fin de fomentar un periodismo de calidad e independiente, para poder seguir disfrutando del mejor contenido y asegurar que la página funciona correctamente.

Si quieres ver reducido el impacto de la publicidad puedes suscribirte a la edición digital con acceso a todas las ventajas exclusivas de los suscriptores.

Suscríbete ahora