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Entrevista

Xabier Erkizia, investigador sonoro: "A mi abuelo le debo la fascinación por lo que no está escrito"

La Cineteca de Madrid ha dedicado un ciclo de cuatro días al investigador sonoro Xabier Erkizia, que ha mostrado ‘O gemer’, su primera película como director en torno al legendario sonido de los carros. Erkizia llegó directamente de la Berlinale con un premio bajo el brazo

Ampliar El productor, investigador y artista sonoro Xabier Erkizia en una imagen reciente
El productor, investigador y artista sonoro Xabier Erkizia en una imagen recientefestival de san sebastián
Publicado el 20/02/2022 a las 06:00
Xabier Erkizia (Lesaka, 1975) empezó la semana en Berlín, la termina en Madrid y, porque no tiene el don de la ubicuidad, que también le hubiera gustado pasar este sábado por los acantilados de Itzurun, en Zumaia. En la capital alemana el histórico Oso de Oro para Carla Simón hizo pasar desapercibido el premio recibido por El sembrador de estrellas, un cortometraje dirigido por Lois Patiño con diseño de sonido de Erkizia, que pasa así directamente a estar nominado en los Premios del Cine Europeo. De allí voló a Madrid, cuya Cineteca ha dedicado un ciclo de cuatro días a su obra, con encuentros públicos, el pase de varias piezas y el estreno de O Gemer. El investigador, productor y artista sonoro tiene una amplia trayectoria con otros directores y artistas, pero ha sido O Gemer, en torno a su larga investigación sobre un sonido desaparecido, el primer largometraje que ha dirigido individualmente. Es por eso, finalmente, que no pudo ir el sábado al flysch de Zumaia, en una salida organizada por el Centro Huarte junto con la artista Charlotte Charbonell, dentro del proyecto Rocamnesia.
El sembrador de estrellas utiliza imágenes hipnóticas sobre la noche en Tokio, una especie de Blade Runner real, pero ¿el sonido? ¿Cómo lo planteó?
Sí, la imagen es muy impresionante y vino sin sonido, había que construir todo un universo. Se trataba de meterle sangre. Fue todo un reto. Berlín para mí es el festival donde mejor suenan las películas. Se pasó en un gran cine, con cuarenta altavoces, y se notó, porque luego la mayoría de preguntas fueron sobre el sonido. Fue como una preparación porque todavía tenemos tres proyectos en cartera Lois Patiño y yo. 
En O Gemer, estrenada en Cineteca de Madrid, toma las riendas de un proyecto en solitario. ¿Cómo ha sido el cambio?
Los últimos 20 años habré hecho unas 80 bandas sonoras, siempre he estado más en la sombra. Ésta película es fruto de una investigación de diez años en torno a los carros, hasta que me encontré con la productora Tamara García Iglesias y me empujó a hacer una película. Es mucho más complejo, conseguir el dinero, los permisos... Para mí sorpresa llegó al Festival de Donosti, porque es una película experimental. Y ahora, de repente, me hacen una retrospectiva en la Cineteca de Madrid. Estoy muy contento.
La investigación empezó sin intención de hacer una película, ¿qué buscaba?
Yo tenía una hipótesis. Había muchas crónicas, sobre todo de los siglos XVIII, XIX de viajeros que venían a la península ibérica, que al cruzar la frontera desde Hendaya prácticamente todos mencionaban un sonido primitivo. Incluso Víctor Hugo en su Viaje a los Pirineos y los Alpes deja de escribir su diario para hablar de que acaba de escuchar un sonido que le deja embelesado. Me llamó muchísimo la atención.
¿Y cuál era su hipótesis?
Deduje que esos carros se afinaban. El hecho de que en cada sitio le pusieran un nombre que no era “ruido”, sino “canto del carro” o “llanto del carro” o “gemido del carro”, de ahí O Gemer, significa que tenía un valor. Aquí, en el norte, cada casa tenía su sonido a través de su carro y cada vecino reconocía al otro por el sonido del carro.
¿Confirmó su teoría?
No tenía posibilidad de cotejar esta información hasta que encontré el carro vivo en Brasil. De eso va la película. Y me di cuenta que no solo había acertado, sino que me había quedado corto. Afinan con mucha intención, incluso cuando van en romería llegan a hacer acordes cuando van varios carros. Estamos hablando de uno de los sonidos diseñados más antiguos de la historia de la humanidad. En los sumerios se encuentran este tipo de carros, en la construcción de las pirámides de Egipto aparecen relieves con estos carros... Y todavía se puede escuchar en algunas partes del mundo. Muy pocos sonidos han durado cinco mil años vivos que no sean estrictamente musicales.
La búsqueda le lleva a Brasil pero también a la antigua Roma. ¿Tiene algo de arqueología sonora?
Sí. El sonido es efímero, por lo tanto las marcas que pueda dejar tienen que anclarse en una narración histórica o memoria colectiva. Este sonido durante estos cinco mil años ha cambiado de significado muchísimas veces. En la conquista de América, por ejemplo, era el sonido de los conquistadores, pero cuando empezó el tráfico de esclavos se convirtió en el sonido de los esclavos. Esa capacidad de adaptación es lo q ue lo convierte en un objeto de memoria histórica muy potente. Es muy difícil guardar ningún registro de aquello, pero por eso mismo resulta fascinante. La segunda parte la película hace un rewind y vuelve a Pompeya, en cuyas calles se ven marcas clarísimas de carros, sólo en las calles más populares, por lo tanto se denota un sonido de clase social también. En Roma, en la Vía appia, también hay marcas. Así va haciendo ese camino hasta las islas Azores donde desaparece. Hay unas marcas muy bonitas en la isla Terceira donde las marcas de carros se hunden en el mar y desaparecen. Son unas marcas que Darwin ya anotó en su diario y que le parecieron misteriosas ya que no sabía por qué desaparecían debajo del mar. Curiosamente, además, desaparecen mirando hacia América.
No tenía una intención pero al final se le ha llenado de poesía la película.
Sí, como todas las cosas del pasado. Mucha gente al ver la película se ha acordado que de niño llegó a escuchar ese sonido, o recuerdan a su padre afinando el carro... ocurren miles de anécdotas que al final es lo más bonito. Es verdad que tiene mucho de poético, pero creo que de político también, en el sentido de que el ruido ha sido siempre el sonido de las clases más desfavorecidas. Hay infinidad de historias que he ido encontrando. Ahora en Cineteca se han estrenado unas piezas que estaba haciendo paralelamente, que se llaman Aboios, y que son la herencia de esos sonidos en nuestra cultura actual.
En una de ellas salen los campaneros de Pamplona, ¿también son herederos del carro?
Los campaneros de Pamplona tienen una cosa curiosa: en Viernes Santo tocan la matraca en la catedral. Según la liturgia en Viernes Santo no se tocan las campanas y antiguamente se tocaban las matracas, unos instrumentos de madera con unos martillos muy parecidos a las carracas, pero gigantescos. El mecanismo es similar, funciona con un sistema de rueda... De ahí viene la frase de “dar la matraca”, por el ruido.
La película está dedicada a su abuelo, ¿tiene relación con tu interés por los sonidos y por éste sonido en concreto?
Sí. Mi abuelo era campesino y vivía en la frontera entre Bera y Sara, en uno de los primeros caseríos. Siempre tenía historias sobre el contrabando. Son historias en las que no hay nada que ver y todo se escucha. Supongo que parte de ello es lo que yo he heredado. Recuerdo que mi abuelo era capaz de escuchar un pájaro y decir: “Mañana va a llover”. Para un niño era una cosa fascinante, casi mágica, y esa magia me la trasladó. Y también me contó varias historias sobre los carros. Él decía que cuando era pequeño desaparecieron porque llegó lo que él llamaba el carro francés, que es la carreta de caballos que conocemos todos. En un mundo de contrabandistas, ellos aprendieron a silenciar los carros más que a hacerlos sonar. Fue una primera semilla que me puso mi abuelo,pero sobre todo le debo haberme fascinado por todo ese mundo que no está escrito, que fue oído en algún momento.
La fascinación por el sonido le viene desde niño, entonces.
Sí. Recuerdo que mi abuelo el día que iba a morir, estaba ingresado y yo estaba cuidándole, me contó una historia muy bonita que decía que, cuando él era niño y su padre quiso liarlo en una cuadrilla de contrabandistas, su tío, que llevaba la cuadrilla, le dijo que no estaba preparado porque los jóvenes de entonces no habían aprendido a ver de noche. Para mí fue un grandísimo regalo, como metáfora poética pero también como una forma de entender el mundo.
En su trayectoria ha trabajado desde en Timor Oriental hasta rastreando los sonidos del Urumea, ¿tiene algún reto pendiente?
Muchas cosas, demasiadas. Durante años me he dedicado a ser músico, he producido música para otra gente, el año pasado por ejemplo produje el último disco de El niño de Elche, ahora hemos sacado un disco con Elena Setién, Ainara LeGardón... y me he dedicado a hacer mis propios discos. Pero pasar a la escucha, que es como pasar al otro lado de la pantalla, para mí ha sido sobre todo encontrar un campo de investigación casi ilimitado. Diría más, cuando uno investiga un sonido siempre acaba encontrando otro. Ahora está siendo así. Están apareciendo nuevos sonidos que descubrir en países muy extraños.
Contó que salvó el confinamiento haciendo zooms precisamente con El niño de Elche y con Ramón Andrés.
Sí. Hacíamos conversaciones de muchas horas, alguna vez hasta de seis. Nos hacíamos cafeteras completas cada uno en su casa e íbamos charlando largo y tendido. Parte del resultado fue el disco La exclusión, que se publicó en octubre. Desde entonces hemos hecho un par de obras más y con Ramón también queda el deseo de hacer cosas.
¿La tecnología ha transformado su trabajo estos años?
Antes tener una grabadora de cinta que pudiera grabar en estéreo requería una inversión bastante seria. Ahora hay grabadoras digitales muy baratas. Incluso algunos teléfonos ya tienen dos micros dentro y graban con una calidad considerable. La tecnología ha facilitado que haya más gente que se dedique al sonido. Pero, por otro lado, seguimos atados a los cables, hay algo que perdura que no ha cambiado tanto como quisiéramos. Creo que soy de la última generación que aprendió a editar cortando y pegando cinta, era otro mundo. Pero, fíjate, que cuando tenemos la tecnología más avanzada a nuestra disposicion yo, por ejemplo, he vuelto a lo analógico.
¿Por qué?
No es por nostalgia, sino porque hemos desarrollado una sensibilidad que la calidad del sonido nos transporta automáticamente a un momento concreto de nuestra biografía. Este año encontré una cinta magnética de Jorge Oteiza con una composición musical, él la narró y se quedó perdida. El va narrándola, diciendo “ahora entra un coro”, etc. Hice un proyecto de realizar esa composición por primera vez en la historia pero con la pandemia todo se fue el garete, vamos a intentar retomar el proyecto este año y realizar esa grabación. Todo el montaje va a ser en cinta, como él lo hubiera imaginado.
Empezamos en Berlín y acabamos en los acantilados de Itzurun, ¿qué tenía planeado allí?
Era un encargo para trabajar sobre el iridio que se puede encontrar en el flysch de Zumaia. Es un metal que llegó del espacio en algún momento, se entiende que vino a través de un meteorito. Tenemos el encargo de pensar algo sobre eso con Charlotte Charbonell y el mes que viene estrenamos exposición en el Centro Huarte que luego se moverá a Pau. Cada uno hemos hecho una instalación en base a la información que nos han ido dando diversos científicos. Mi pieza va sobre eso. Charlotte ha inventado un dispositivo para captar el aura de los lugares.

DNI

X​abier Erkizia Martikorena (Lesaka, 1975) es músico, productor, periodista y artista sonoro. Trabaja en el ámbito de la cultura de la escucha tanto como investigador, como en colaboración con muchos artistas. También realiza labores de docencia en la Elias Querejeta Zine Eskola y ha comisariado festivales, exposiciones y programas para Museos y centros de arte. Compone regularmente bandas sonoras para filmes por los que ha sido galardonado con varios premios. Dirigió el festival internacional dedicado a otras músicas ERTZ en Bera.  

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