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Historia

Manuel Martorell: “El foco inicial de varias revueltas carlistas del XIX fue Pamplona”

El autor navarro acaba de publicar un libro, ‘José Borges. El carlista catalan que murió por la independencia del sur de Italia’, donde desvela que la capital navarra fue el foco de una conspiración carlista que, de no haber fallado, podría haber desembocado en otra guerra civil

Ampliar El periodista e historiador Manuel Martorell posa para esta entrevista en el Nuevo Casino de Pamplona.
El periodista e historiador Manuel Martorell posa para esta entrevista en el Nuevo Casino de Pamplona.JOSÉ CARLOS CORDOVILLA
Publicado el 16/05/2022 a las 06:00
El periodista e historiador Manuel Martorell Pérez (Elizondo, 1953) se lamenta, y mucho, de que “exista últimamente una tendencia entre los historiadores a quitar importancia al carlismo y a no considerar como ‘guerra’ el segundo conflicto bélico, es decir, el que se desarrolló entre septiembre de 1846 y mayo de 1849 y se conoció como guerra de los Matiners, porque tuvo lugar fundamentalmente en Cataluña”. Sin embargo, este autor navarro no puede estar más en desacuerdo con ella, y así lo pone de manifiesto con su último libro, 'José Borges. El carlista catalán' que murió por la independencia del sur de Italia (Txalaparta, 2022), en el que demuestra, entre otras cuestiones, que el carlismo fue un movimiento insurreccional vigente en la península ibérica a lo largo de todo el siglo XIX y que Pamplona fue el centro de una conspiración en 1855 que, de no haber fracasado, podría haber conducido a otra guerra civil.
¿Cuál es el principal hallazgo de este libro?
Ya Antonio Pirala, en Anales desde 1843 hasta la conclusión de la última guerra civil (1876); y Melchor Ferrer, en Historia del tradicionalismo español (1955) hablan de la conspiración fallida que tuvo lugar en Pamplona en 1855, y otros trabajos monográficos se refieren a los movimientos insurreccionales que se produjeron también entonces en Burgos, en Aragón y en Cataluña, esta última donde jugó un papel relevante el general José Borges, que da título al libro. Pero lo que realmente faltaba en la descripción de estos episodios, aparentemente autonómos, era que respondían a una conspiración general cuyo foco inicial estaba previsto en Pamplona.
¿En qué consistió la conspiración de Pamplona?
En aquella época la ciudad tenía un gran valor estratégico, al estar completamente fortificada y tener una población de 20.000 habitantes, superior a la de Bilbao. De acuerdo al plan previsto y en colaboración con algunos soldados y suboficiales que estaban acuartelados en el desamortizado Convento de La Merced (actual Escuela de Idiomas), el 1 de febrero de 1885 se facilitaría acceso a la Ciudadela a cientos de carlistas llegados desde distintos puntos de Navarra y también desde el exilio, para armarlos y que se sumaran de inmediato a la rebelión.
¿Por qué la califica de insurrección planificada?
La conspiración se demuestra a través de un fajo de 27 cartas que aparecieron de forma casual en Badajoz en los años 90 al derribar unos edificios del centro de la ciudad. La persona que las encontró las depositó en el Archivo Histórico de esta ciudad, pero no es hasta 2019 cuando una archivera de esta institución, Amelia Moliner Bernabé, presenta su estudio sobre estas cartas, que estaban cifradas, en las Jornadas de Historia de Llerena, a las que asistió los días 25 y 26 de octubre de ese mismo año.
¿Qué decían esas misivas?
Eran cartas cruzadas entre Ramón Cabrera, Joaquín Elío Ezpeleta y José Múzquiz, todos ellos destacados carlistas, y en las que se deduce que hubo una conspiración importante en Pamplona, pero que fracasó.
¿Qué papel jugaron Cabrera, Elío y Múzquiz?
Ramón Cabrera, conocido como ‘El Tigre del Maestrazgo’, era el jefe militar de la Comisión Regia, es decir, de una especie de comité ejecutivo del carlismo en París, que había participado en la primera y en la segunda guerra carlista y que tras esta segunda contienda se había exiliado a Inglaterra, donde había contraído matrimonio y moderado sus posiciones políticas. Joaquín Elío Ezpeleta, exiliado entonces en París, era jefe militar de la región vasco-navarra; y José Múzquiz, carlista tafallés exiliado en Bayona, hacía de enlace entre los conspiradores de Pamplona y la Comisión Regia de París.
¿Quién estaba al frente de la rebelión en Pamplona?
Según el relato del capitán Ramón Argonz, una de las piezas claves para lograr la implicación de los militares de la guarnición de Pamplona (junto con el capitán Navarlaz), al frente de los confabulados estaba el propio hermano de Elío, Luis, doctorado en derecho canónico, chantre y después deán en la catedral pamplonesa y, en la tercera guerra carlista, rector de la Universidad de Oñate.
¿A quién más se implicaría?
La sublevación de la Vieja Iruña, junto con otras plazas fuertes de Aragón y Cataluña, debería ser seguida por los demás focos comprometidos de Valencia, el Maestrazgo, Burgos, Madrid e incluso de algunas zonas de Castilla-La Mancha y Andalucía, iniciándose así una nueva guerra carlista.
¿Y por que fracasó la rebelión en Pamplona?
En el último momento, se decidió retrasar el inicio de la sublevación hasta las seis de la tarde del día siguiente, el 2 de febrero, para ultimar algunos detalles. Según los informes del Ejército, todo estaba listo, calculándose en 1.800 los civiles que esperaban concentrar en la capital navarra para armarlos cuando el sargento primero Miguel Lostier les granjeara la entrada a la Ciudadela por una sus puertas ‘falsas’. Sin embargo, la mañana del 2 de febrero se produjo en la Plaza del Castillo, en pleno centro de la ciudad, “un verdadero escándalo entre los jefes y oficiales que se disputaban el mando”. Así que las detenciones no se hicieron esperar, y se reforzó la vigilancia haciendo fracasar totalmente la chispa que debía prender la nueva guerra carlista.
¿Qué pasó con los implicados?
Parte de los comprometidos lograron huir a Francia y otros fueron detenidos por las autoridades militares. Entre los apresados, el sargento Miguel Lostier, encargado de abrir las puertas de la Ciudadela; el soldado Pedro Gómez y el paisano Miguel Uriarte fueron condenados a muerte en Consejo de Guerra y ejecutados diez días después.
¿Cómo fueron el resto de revueltas por otras zonas del país?
Lo ocurrido en Pamplona no desanimó a los montemolinistas (como se denominaba a los carlistas tras la segunda guerra civil, ya que el aspirante al trono era el conde de Montemolín), sino que siguieron los planes conspirativos que el Gobierno se tomó muy en serio. Se detectaron focos conspirativos y hubo detenciones en Huelva, Oviedo, Cuenca, Ciudad Real, Lugo, Teruel, Santander, Logroño, Valladolid, Palencia y Burgos; pero fue en Aragón, Cataluña y Burgos donde realmente estallaron movimientos insurreccionales.
¿Qué conclusiones saca de su investigación?
Que esas cartas de Badajoz revelan que en febrero de 1855 iba a comenzar en Pamplona una nueva guerra civil y que en los años 40, 50 y 60 del siglo XIX existió un vasto movimiento de rechazo popular al liberalismo, porque era un sistema que dejaba al 80% de la población al margen de los cambios políticos. La burguesía liberal solo tenía un claro dominio en las grandes ciudades y en las zonas costeras relacionadas con el comercio exterior; el resto del país era un océano de campesinos y agricultores muy apegados a la religión y a las tradiciones que, en buena parte, se unieron a otros sectores sociales igualmente afectados por las revoluciones liberales, encontrando en la dinastía proscrita el elemento aglutinante de esa amalgama social.
¿Hay en Navarra un conocimiento preciso del carlismo?
Todavía hay muchas cosas que no conocemos sobre el carlismo. La II Guerra Carlista, entre 1846 y 1849, tuvo en Navarra más importancia de lo que se ha dicho y lo mismo se puede decir de su componente o proyección social. En mi opinión, se está realizando una lectura simplificada de lo que ha sido el movimiento político más importante de Navarra en los dos últimos siglos. Por ejemplo, si visitas el Museo del Carlismo de Estella, al que se dedica todos los años una gran cantidad de fondos públicos, sales con la idea de que el carlismo en el siglo XIX fue un movimiento exclusivamente reaccionario y absolutista. Sin embargo, nos encontramos ante un fenómeno histórico mucho más complejo, del que, como ocurre con el intento insurreccional de 1855, todavía quedan muchas cosas por conocer. Se trata, en definitiva, de un reduccionismo que termina provocando una deformación grotesca de la realidad.
¿A qué se refiere con ello?
Me vienen a la cabeza unas palabras que resumen muy bien esta idea y que Oriol Junqueras, historiador además de dirigente de ERC implicado en el procés, reflejó en un artículo sobre el carlismo: “Los liberales eras ideas sin pueblo y los carlistas eran el pueblo sin ideas… ¡pero eran el pueblo!”.
Y volviendo al principio del asunto, para resolver la última incógnita: ¿Cómo unas cartas de un señor de Tafalla acabaron en Badajoz?
Todo indica que esas comprometedoras cartas de José Múzquiz pasaron a manos de su nieta, Blanca Múzquiz, casada en Badajoz a finales del siglo XIX con el arquitecto pacense Luis Saldaña. Blanca era hija de su vástago Fermín Múzquiz Callejas y sobrina de Joaquín María, su otro hijo, que llegó a ser un conocido parlamentario carlista y que residió en Cuba los últimos años de su vida.
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