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Arte

Pedro Salaberri, Premio Príncipe de Viana 2022: "Tengo que amar lo que pinto"

Pedro Salaberri Zunzarren inició estudios de dibujo y pintura en la Escuela de Artes y Oficios de Pamplona, participó en los Encuentros de 1972 y desde el principio llegaron las exposiciones en numerosas ciudades

Ampliar Pedro Salaberri en el estudio en el que trabaja todos los días en el centro de Pamplona.
Pedro Salaberri en el estudio en el que trabaja todos los días en el centro de Pamplona.EDUARDO BUXENS
Actualizado el 20/05/2022 a las 19:44
Pedro Salaberri no pintó este viernes. Fue una excepción. La mañana la pasó en su taller de la calle Pozo Blanco, pero desde que la consejera de Cultura y Deporte, Rebeca Esnaola, abrió la veda anunciándole que había ganado el Príncipe de Viana, su teléfono -deliberadamente no smart- no dejó de sonar. “No pasa nada por no pintar un día, la vida sigue”, expresaba él desde la misma calma desde la que pinta sus cuadros.
Nacido en la calle Jarauta de Pamplona en 1947, Pedro Salaberri Zunzarren inició estudios de dibujo y pintura en la Escuela de Artes y Oficios de Pamplona, participó en los Encuentros de 1972 y desde el principio llegaron las exposiciones en numerosas ciudades, casi 70 individuales y 17 colectivas, y los premios. Casado con Mari Carmen Pueyo, padre de dos hijos y abuelo de cinco nietos, Salaberri ha realizado además escenografías y carteles, ilustraciones y escenografías teatrales. Desde el año pasado preside el Ateneo Navarro. “Me gusta lo que es la vida, estar en los sitios, ver lo que hacen otros”, explica. Pero quizá su mayor logro sea cuando alguien le comenta que ha visto un paraje que parecía un cuadro suyo. El pintor pamplonés ha creado un sello inconfundible sintetizando los paisajes y haciendo un uso personal del color, lo que hace que sus pinturas se reconozcan automáticamente. Salaberri es sus salaberris.
Se le etiqueta como el pintor de Pamplona pero su candidatura ha contado con el apoyo de gente como Miguel Zugaza o Juan Manuel Bonet, exdirectores del Prado y el Reina Sofía.
Sí, y gente de aquí, los directores del museo Oteiza y Gustavo de Maeztu.. Aquí es donde tengo más presencia pero sí, he expuesto en Madrid unas cuantas veces, y en Bilbao, y en Donosti, he tenido colectivas en muchos sitios. Pero es verdad que a mí donde se me conoce es aquí. También es donde vivo y donde quiero estar. No hago esfuerzos obsesivos por estar en otros lados.
Tampoco le hace falta ir a parajes extraordinarios para pintar.
No. Es más, yo reivindico que uno tiene que vivir bien donde vive, y ésta es una ciudad que te lo permite. Pamplona es una ciudad hermosa en la que tienes todo lo que necesitas. Luego ya si hablamos del paisaje circundante, de las maravillas que tenemos alrededor a las que voy constantemente, en mi caso por lo menos me da de sí. He pintado otros sitios y otras cosas, pero yo tengo que amar lo que pinto y, claro, yo amo La Berrueza, la Cuenca, los Pirineos, y esta ciudad. Tengo que incidir en lo que conozco, en lo que de verdad amo. Soy un pintor territorial.
¿Dónde nacen sus cuadros?
Mis cuadros nacen andando por ahí con mi mujer. Yo creo que la mitad de mis cuadros han nacido paseando con ella, por el paisaje, por este pueblo, por el otro, con amigos que hemos ido mucho al monte. Nacen de la vivencia y luego los pinto en el estudio.
¿Los lleva al estudio en la cabeza?
Hago fotos y luego las empleo para lo que me conviene. Porque yo luego soy relativamente calmado y necesito que los cuadros se vayan haciendo con tranquilidad.
Al darle el premio han destacado su mirada, ¿cómo se consigue pintar cuadros con elementos tan sencillos y que sean inmediatamente reconocibles?
Eso está ahí fuera. Yo lo miro mucho, le hago mucho caso y acaban saliendo las cosas que veo. Veo lo mismo que todo el mundo, pero es cierto que lo sintetizo y luego son reconocibles.
Si los girasoles de Van Gogh hablan de su tormento interior, ¿los suyos qué nos dicen de usted?
Yo quiero transmitir armonía y belleza a estas alturas de mi vida. En otros momentos habré estado un poco más agitado. Pero en esa voluntad que uno tiene de cómo quiere vivir y qué quiere mandar a los demás, yo quiero mandar eso: armonía, cosas bellas, quiero contribuir a que la vida sea un poco mejor. Es voluntario, claro. Eso no te sale, o si te sale estupendo, pero te lo tienes que construir. Ya que me dirijo a los demás, lo hago desde esa óptica.
En cincuenta años de pintura también ha habido una evolución, por ejemplo en el uso del color. ¿Cada vez es más atrevido?
Quizá sí. Digamos que no le veo ningún problema a pintar un cielo naranja, aunque no lo haya visto. Siempre me ha interesado el color, siempre he sido colorista, pero quizá ahora lo pueda hacer con más tranquilidad, sin que eso me dé ningún pudor.
Y en esos paisajes van apareciendo por ejemplo ovejas, cuando antes no había ningún ser vivo.
Sí, porque ando por ahí y de repente digo, bueno, y por qué no pinto esas ovejas que he visto miles de veces. Pero ésta es una historia más larga que no sé si te conviene que te la lance toda.
¿Resumidamente?
Yo siempre he querido pintar cuadros que duren, siempre he querido pintar algo que no sea fungible. Las personas somos fungibles, y las ovejas también, y las vacas. Yo pintaba ese escenario, los Pirineos, la ciudad, y sigo haciéndolo, porque eso va a quedar, cuando yo no esté aquí Pamplona seguirá. Pinto una Pamplona que puede parecer vacía, pero no, está llena de nosotros.
Pero las figuras humanos y animales aparecen poco.
De vez en cuando digo: “Voy a pintar a alguien, ¿no?”. Básicamente pinto los Pirineos pero no todos los bichos que andan por allá. Un día digo: “¿Y estas vacas?”. Y pinto alguna. Pero lo normal es que esté pensando en que lo que hago sea una especie de detener la belleza, detener un hermoso momento y convertir el cuadro en algo que pueda admirarse hoy, mañana y dentro de diez años, porque si no sería un fracaso. Para mí si mis cuadros de aquí a unos años son vistos por alguien y no le dicen nada creo que habré fracasado. Intento hacer algo que sirva para siempre. Otra cosa es conseguirlo.
¿Sigue el rastro de los cuadros cuando salen de su estudio?
No especialmente. Lo que pasa es que muchos cuadros los tienen gente a la que conozco. Eso es hermoso porque yo sé que los tienen en su casa y les acompaña.
Con esa necesidad de pasear y detener la belleza de los paisajes cercanos, ¿cómo vivió la pandemia? ¿Tuvo reflejo el encierro en su obra?
No quise que lo tuviera. La pandemia la he vivido así, así. Pero más me acordaba de mis nietos encerrados, eso me jorobaba más. Yo al cabo vivía en mi casa cómodamente con Mari Carmen. Pinté entonces y todo. Ha sido algo que ha habido que soportar, nada más. No he querido que eso intervenga en mi obra.
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