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Exposiciones

Dos Juanes toman la Ciudadela

El Horno y el Polvorín del recinto amurallado pamplonés inauguran dos exposiciones del autor polifacético Juan Aizpitarte y el pintor de Carcastillo Juan Belzunegui, respectivamente

Ampliar El pintor Juan Belzunegui, natural de Carcastillo, posa junto a dos de las cuarenta obras que podrán visitarse hasta el 26 de junio
El pintor Juan Belzunegui, natural de Carcastillo, posa junto a dos de las cuarenta obras que podrán visitarse hasta el 26 de junioanne arguiñariz
Publicado el 21/05/2022 a las 06:00
Ambos se llaman Juan. Juan Aizpitarte nació en San Sebastián en 1974, el otro, Juan Belzunegui, en Carcastillo en 1955. El primero es un artista polifacético, plasma sus ideas en fotografías, esculturas y, en ocasiones, acciones performativas. El navarro se expresa a través de cuadros muy coloridos. Similitudes o diferencias a parte, ambos inauguraron ayer dos exposiciones que podrán visitarse en el Horno (Aizpitarte) y el Polvorín (Belzunegui) hasta el próximo 26 de junio.
“Me gusta encajar las obras al espacio”, confesó el donostiarra creador de 'Mater' junto al domo de madera creado colocado en el centro del horno. Esta estructura, que es un “dos tercios”, tiene la misma forma que el edificio. “Una bóveda llama a la otra, la diferencia es que una es permeable”. Dentro de la misma, Aizpitarte coloca “vestigios de acciones cercanas a la cocina”. Esto son unas piedras y un cubo lleno de agua y romero que simula una infusión. “Luego voy a calentar las piedras para meterlas en el cubo y que genere un vapor de romero, quiero traer el calor al horno de nuevo”, explicaba.
“Es una manera de traer lo de fuera adentro”, añadió enlazando con las cinco fotografías que cuelgan de la pared. Son instantáneas sacadas, por ejemplo, en el Crómlech de Oianleku. En medio del paisaje aparecen peanas blancas. El contraste entre lo orgánico y lo abstracto está presente en una obra que “se activa a través del cuerpo, voz o las plantas”. Según el donostiarra, a través de esos elementos se vuelve a una noción de “cultura primigenia”. Y de la oscuridad del Horno a la luminosidad del Polvorín. 
Belzunegui presentó una muestra sin título que alberga una colección de unos cuarenta cuadros llenos de color y expresión. “Son de carácter expresionista, el expresionismo quiere decir que en lugar de hacer caso a lo que dice el ojo, haces más caso a lo que te dice la emoción”, sintetizaba el artista. “Imaginaos que yo estoy en el taller, los iris están un jarrón en la mesa, yo miro a los iris y mi mano trabaja independiente casi”, explicaba su técnica señalando un cuadro de flores. “Esa velocidad, esa rapidez de acción es la que permite que no sea el ojo el que me da toda la información sino que esté pasada por el filtro de la emoción”.
En sus obras, que están distribuidas de una manera atípica a lo que tienen acostumbradas este tipo de exposiciones, los espectadores pueden observar unas composiciones clásicas a pesar de que podrían tender hacia la abstracción. Es el propio Belzunegui el que reconoce que esas formas basadas en figuras humanas, flores o alimentos, entre otros, “están en la frontera entre el realismo y la pura abstracción”. Los espacios en los que se encuentran esos elementos tampoco pertenecen a la realidad, forman parte de la imaginación, pero “poco a poco se van armonizando” ambas partes. Calor, color, vida y, sobre todo, cultura. Hasta el 26 de junio en la Ciudadela.
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