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Festival de Cine de San Sebastián

Abandonados en la oscuridad

Desde el Kursaal

Festival Internacional de Cine de San Sebastián
Festival Internacional de Cine de San SebastiánEFE
  • Asier Gil
Publicado el 21/09/2021 a las 06:00
Hay cine que no está pensado para el cine. Películas que pertenecen a otros formatos, pero cuyos directores las fuerzan a encajar en el séptimo arte sin darse cuenta, o quizá a pesar de comprenderlo, deque sus obras extravían su vigor al contacto con la pantalla. No se trata de que reclamen a la audiencia un esfuerzo para desentrañar su esencia, ni que exijan intrincadas cábalas para que penetre el destello de la razón en sus argumentos. Simplemente, no corresponden al elemento fílmico y, por ende, se marchitan en cuanto la luz se apaga y el público, incapaz de acceder a su contenido, pierde su disposición a sentirse fascinado. Pocas cosas más tristes existirán que un grupo de náufragos sin una isla en la que recalar en mitad de la oscuridad de una sala de cine.
Por este motivo, hubo espectadores que buscaron salvavidas en las calles de San Sebastián cuando I Want to Talk About Duras todavía no mediaba los 95 minutos de su metraje. Adaptación de un libro de Yann Andréa, el amante homosexual y casi 40 años más joven de la escritora y cineasta Marguerite Duras, en la aproximación que plantea la británica Claire Simon únicamente se incluye como aliado la verbosidad característica de nuestros vecinos del norte.
Por medio de dos entrevistas filmadas con desgana, prácticamente estáticas y morosas en atractivo estilístico, el propio Andréa, encarnado con denuedo por el actor Swann Arlaud, se desnuda y confiesa a su interlocutora los motivos por los que dejó a un lado su destino a cambio de apencar con una relación colmada de toxicidad, presa de una enfermiza sumisión y, por encima de todo, rebosante de un amor tremendamente extraño, por supuesto, si bien extraordinario.
A favor de la propuesta gala se podrían citar el magnetismo que más allá de los Pirineos saben otorgar a esas voces en off que, invalidando las reglas que se suelen imponer en la narración, detallan a su lector los sentimientos que sacuden una existencia que los aprisiona. De manera literal. Sin emplear metáforas ni revelarlos a través de acciones que adviertan sus pasiones internas. El cine francés domina esa técnica con una pericia fuera de cualquier duda, y así se manifiesta también en este largometraje, que amaga con embriagar en base a un relato que, por muy espinoso que se presente, ostenta un talento seductor. Cierto que esa fascinación se aproxima más a un ámbito sedante que a secuencias que capturen la atención. Y la clave reside precisamente en este planteamiento: si el tema abordado suena distante y, además, su tratamiento no genera el interés preciso que corrompa las predisposiciones, los 95 minutos cumplen su función narcótica con elevadísima eficacia.
Como oposición a ese tono somnífero, el Zinemaldia programó ayer en la Sección Oficial otra adaptación literaria: Distancia de rescate, una novela de la argentina Samanta Schweblin. Al frente de la cinta se coloca la peruana Claudia Llosa, conocida por los triunfos que le granjeó su segundo trabajo, La teta asustada. En este último proyecto, explota la intriga de una historia que explora los miedos maternales a que los retoños sufran percances que vacíen sus descomunales capacidades de amar. Con una atmósfera que bebe de la inquietud de una trama que se va construyendo poco a poco, esta coproducción en la que participa España y que distribuirá Netflix termina abocada a un producto convencional, inhábil a la hora de obtener réditos del suspense al que apela.
Los hechos describen el sufrimiento de una joven que ha de presenciar cómo su hija se desune, durante unas vacaciones en un pueblo, de ese hilo de seguridad que hasta entonces las ataba (la distancia de rescate del título). A ello se añade el terror que brota del entorno, ya que soporta alucinaciones que la conectan con un pequeño que padeció un traumático accidente años atrás.
Con el objetivo de potenciar la tensión, la realizadora afincada en Barcelona desmonta la línea cronológica de los sucesos y la atiborra de subrayados que enfaticen el carácter angustioso de los acontecimientos. Sin embargo, la crónica resulta tan predecible que el respetable camina varios pasos por delante de los capítulos, lo que ocasiona que esas acentuaciones del cariz inquietante del filme se antojen, en su lugar, no solo superfluas, sino contraproducentes.
Una lástima, porque la notable labor de las actrices, una María Valverde que exhibe en sus facciones la inagotable ansiedad de ver en peligro a su criatura, y una Dolores Fonzi que ensancha la profundidad anímica de su rol, se combina con una fotografía esmerada en impulsar la conmoción que habría suscitado un guion más valiente. Al menos, el festival regresó con esta película al terreno del cine.
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