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Pandemia de la covid-19

Aurora López Simón: “La vacuna nos ha devuelto a la vida”

Tarde de bingo en la cafetería de la Casa de Misericordia de Pamplona, horas antes de que sus 500 residentes reciban la tercera dosis de la vacuna contra la covid. Esto es lo que sienten año y medio después del inicio de la pandemia

Ampliar Isidora Santa María, Isi, de 92 años, el martes en la cafetería de la Casa de Misericordia, horas antes de la tercera dosis
Isidora Santa María, Isi, de 92 años, el martes en la cafetería de la Casa de Misericordia, horas antes de la tercera dosisIván Benítez
Publicado el 26/09/2021 a las 06:00
Soy muy coqueta, me arreglo para todo”, deja claro Isi mientras agita una bolsa de tela con bolas de bingo. Enjoyada de arriba abajo con el abrigo de los recuerdos, su mirada proyecta un intenso azul a juego con un vestido ceñido. “Yo solo me encargo de revolver las bolas hasta que llegue el resto...”, susurra tímida con una sonrisa que se abre paso entre el rojo de unos labios perfectamente perfilados. Durante la espera, acepta dejarse fotografiar. Al principio, posa sentada frente a los dos cartones de bingo que ha repartido Daniel, un residente de 73 años al que llaman el “alma del juego”. Pero Isi no duda en complacer al periodista y se pone de pie. Entonces, su mano derecha busca refugio en la otra con un gesto solemne. Se acaricia las yemas, siempre atenta a las instrucciones, y al escuchar la nueva propuesta asiente dibujando con tres dedos una señal de victoria. “Me duelen por la artrosis”, se disculpa, sin rendirse. Y lo vuelve a intentar. Isidora Santa María nació en Valtierra hace 92 años y es madre de cinco hijos. Aquí en la Meca, donde vive, la conocen como Isi.
Isidora cuenta que le gusta sentarse en la primera fila cuando juega al bingo para poder sentir el aliento de los números. “Porque es como acercarse a la normalidad”, trata de explicarse. Y lo hace muy bien. El bingo es lo más cercano a la vida después de un año y medio de pandemia. Ella no lleva mascarilla, ni le hace falta. Está en su casa, como el resto de residentes, y la ley lo permite. Además, se encuentran a pocas horas de que la tercera dosis de la vacuna contra la covid llame a sus puertas. “Si no llega a ser por la vacuna, qué habría sido de nosotros. Nos ha devuelto a la vida”. Las palabras las pronuncia ahora Aurora López Simón, de 85 años, compañera de residencia de Isi. Ellas son las primeras en girar la llave que abre este cofre de historias.
Mucho han cambiado las cosas desde la primera dosis. En la Meca recibieron el primer pinchazo el lunes 4 de enero. Al recordar aquellos días previos, todos evocan momentos de inquietud, miedo e ilusión. Fueron jornadas de sensaciones encontradas. “Había mucho miedo aquí dentro”, admite Mariano Pascal, responsable de comunicación y participación. En cualquier caso, gracias a una videoconferencia con el departamento de Salud, los residentes pudieron resolver sus dudas, la mayoría relacionadas con dolencias y efectos secundarios. Fue un tiempo sin abrazos, de miradas cómplices y silencios atronadores. En Navarra han fallecido hasta hoy 582 personas mayores en residencias.
MODESTO HA VUELTO A CASA
Modesto Peña Elizari, voluntario de 81 años, la primera vez que pisaba la residencia desde el 13 de marzo de 2020
Modesto Peña Elizari, voluntario de 81 años, la primera vez que pisaba la residencia desde el 13 de marzo de 2020Ivan Benitez
Son las cinco de la tarde de un martes de bingo en la cafetería de la Casa de Misericordia de Pamplona. Se respira calma total. El “alma del juego”, Daniel García Echeverría, se encarga de dinamizar la actividad junto al responsable de participación del centro. “Antes las familias podían intervenir y esto era una fiesta que lideraba un voluntario”, comenta Daniel. Curiosamente, en ese momento aparece el voluntario por la puerta de la cafetería. Se le escucha soltar una sonrisa socarrona tras una mascarilla quirúrgica. Modesto tiene 81 años y su llegada espolea a los presentes, que le reconocen inmediatamente. Nadie lo esperaba. De hecho, hacía un año y medio que no pisaba la Meca. “¡Y ha vuelto!”, expresan con satisfacción. Porque su presencia confirma que la normalidad está a la vuelta de la esquina. La última vez que Modesto Peña Elizari les acompañó fue el 13 de marzo de 2020 después de una comida en Napardi.
Antes de tomar la batuta del juego, Modesto escruta cada rincón del salón, como si tratara de localizar a viejos conocidos. Pero nada. Un suspiro acentúa el momento. “Ahora estamos más seguros”, valora la situación. “Y esta hora y media de juego es un ejemplo claro. Aquí se sufrió una sangría antes de la primera vacuna. Yo también lo he pasado mal, incluso he perdido vista por la enfermedad”.
El suspiro de Modesto Peña catapulta directamente a un pasado muy reciente. Hace justo un año, Diario de Navarra publicaba una serie de reportajes desde la primera línea de las zonas covid de los hospitales. Entonces, en la quinta planta de Virgen del Camino, un celador se desahogaba y contaba que lloraba al volver a casa después de su jornada de trabajo. “Ver a las personas mayores morir en soledad… Es tan desgarrador todo esto. Muchos pacientes nos han dejado después de días o semanas de aislamientos estrictos, sin posibilidad de despedirse de los familiares, y fuimos los profesionales sanitarios quienes hemos estado acompañándoles”. Esos días de septiembre y octubre de hace un año, los enfermos de covid ocupaban cuatro plantas y media con 42 camas en cada una.
En la habitación 530 de esta planta, por ejemplo, la que llaman Soporte Respiratorio No Invasivo (SRNI), Jorge, de 50 años, suplicaba al neumólogo que por favor no lo ingresara en la UCI. Lo hacía en postura fetal, retorcido por el abatimiento y las manos en el rostro. “Estoy muy triste por lo de mi padre. Está ingresado en San Juan de Dios con neumonía bilateral”, explicaba al neumólogo. Su padre tenía 87 años y falleció dos días después.
Y en la habitación 525 José María, de 79 años, quería abrazar a los sanitarios de la planta porque en pocas horas recibiría el alta. “Por favor, que la gente no olvide lo que estamos viviendo”, rogaba al periodista. “Que la gente ahí fuera se dé cuenta que esto es como un hospital de campaña donde hombres y mujeres batallan todos los días con la muerte”.
Mientras esto ocurría en las plantas covid de los hospitales, en las residencias los ancianos abrazaban a sus seres queridos con la mirada a través de los huecos de las rejas. El 2 de septiembre, el psicólogo Alfonso Echávarri advertía de la soledad y la tristeza a la que se veían sometidos los mayores en estos lugares. “Hemos recibido muchas llamadas en el Teléfono de la Esperanza por problemas de soledad y muchas eran personas mayores”, avisaba. “Se nos van a morir también de tristeza. Veo que una parte de la población no está pensando en que hay otra parte extremadamente vulnerable”.
ARRANCA EL JUEGO
Una vez que todos los participantes han organizado sus cartones, comienza el juego. A la derecha, en la pared, junto a un ventanal y dos pañuelicos de la peña Oberena enmarcados, Natividad Bella Esparza (92), comparte merienda a cara descubierta con Rosa Metauten Isiegas, (85). “Me encuentro bien y con tantas ganas de vivir”, describe su estado de ánimo Natividad. “La tercera dosis significa para nosotras inmunidad total”, interviene Rosa. Les gusta este momento porque, insinúan con cierto miedo, sienten que “ahora sí” todo puede llegar a ser como antes.
“¡El 41!”. Los números caen en cascada. Al otro lado de la barra de la cafetería, Andrea Serra sirve desde hace dos meses otros instantes de cotidianidad. “Les veo muy tranquilos, no están preocupados. Lo que sí se nota es falta de vida porque no pueden entrar los familiares a las zonas comunes”, esboza desde su atalaya. “¡Bingo!”, exclama Mª Paz Arnedo Bienzobas (83). Daniel se acerca a comprobarlo y comienzan las rencillas. “Pero ¿quién ha dicho el 21?”, le amonesta Modesto. Arnedo se da cuenta de su error y continúa el baile de números. Alguien levanta la mano. Desde el fondo apenas se escucha el hilo de la voz de Mª Ángeles Villafranca Azcona (89). En esta ocasión le muestra el cartón a Mariano, quien le entrega su premio, un vale para una consumición. “La vacuna nos ha dado la posibilidad de poder librarnos de esta porquería”, opina Villafranca. “Yo estuve con fiebre, confinada cuarenta días arriba. Lo pasé muy mal, completamente sola”. A su lado, Carmen Martínez Benavente (86) asiente.
Modesto sigue agitando los corazones con sus piropos y carcajadas. “Siento mi torpeza, estoy un poco desentrenado”, ríe. “¡Pero, bueno, siempre haces lo mismo. Cantas bingo y luego nada. No cambias!”, le reprueba de nuevo a Mª Paz Arnedo, siempre con una sonrisa traviesa.
La cafetería está decorada con una enorme pecera y un poco más allá se ubica la sala del cine. Hacia allí se dirigirán seguramente al terminar el tercer cartón para ver la emisión en directo desde Sevilla de una novillada. Mariano lo tiene todo perfectamente organizado.Una de las mesas de este salón improvisado para el bingo, justo detrás de Isi, la comparten Vicky Bergendi Mori (80) Aurora López Simón (85) Puri Cemboráin Cemboráin (86) y Pilar Delgado Jiménez (92). Las cuatro mujeres reconocen que la tercera dosis les impone cierto respeto, “pero somos conscientes que estaremos más protegidas”. Vicky saborea una infusión y Pilar compagina los cartones con los mandalas. “Este dibujo es para usted”, sorprende al periodista. En ese momento, Puri también quiere dejar clara su posición. “Estuve un mes ingresada con neumonía, así que se puede decir que hemos vuelto a nacer”. Una respuesta que comparten las cuatro. “Es que hemos estado muy mal”, apostilla Aurora, quien, además de contagiarse, perdió por covid en esta residencia a su amiga Manoli. “Y cuesta superar tanto su muerte”. Aquí dentro se percibe muchas ganas de sacar lo vivido.
Aurora López Simón: “La vacuna nos ha devuelto a la vida”
Pilar Delgado Jiménez (92) y Aurora López Simón (85)  IVAN BENITEZ
Sus miradas regresan a los cartones y Modesto a lo suyo. Hay quien se queja del premio. “Si por lo menos fueran unas sardinas en aceite como nos daban antes”, ríen. Entre piropos y algún que otro número... “¡Bingo!”. Esta vez sí. Se escucha desde un rincón. Lo entona Miguelita Revillo Bordejé (90) años, quien comparte mesa con Joaquín Jaurrieta Ibas (87). “Por suerte y gracias a las vacunas hemos recuperado los entretenimientos”. Daniel se acerca con el último cartón, el tercero. “Se echa tanto de menos a las familias”, comenta ahora Mariano. La voz de Modesto sigue envolviendo minutos de esperanza.
A las 18.30 horas finaliza el bingo y los residentes salen de la cafetería en busca de la Feria de San Miguel de Sevilla. Mariano observa la escena. Todos allí, sentados en las butacas, y en primera fila Isi.
TERCERA DOSIS
Nueve de la mañana del jueves. Salón de actos de la Misericordia. Los residentes hacen fila para entrar y someterse al tercer pinchazo en menos de un año. En el lugar se encuentran cinco enfermeras de urgencias extrahospitalarias y un equipo sanitario de la Meca formado por una trabajadora social, la jefa de enfermeras de este centro y la encargada de personal, además de religiosas de las Hijas de la Caridad y la psicóloga. “Esta vez está siendo más rápido. Saben cómo funciona y se sienten más seguros”, indica Visitación Sola, hermana de esta congregación, quien añade: “Esta residencia es un ejemplo claro de lo bien que funcionan las vacunas. No ha habido ni un solo caso en esta quinta ola”. Un enfermero comunica que en menos de una hora han vacunado a 71 residentes.
“Aquí estuve yo con 8 años”, suelta de pronto Camino Alonso Ugalde (90), la primera en recibir en enero en esta residencia la vacuna. “Y allí, donde nos están pinchando, había un cuarto y me encerraban por hacer trastadas”, ríe, despojándose de la mascarilla. “Acaba de recibir la tercera dosis y se siente con muchas ganas de seguir haciendo cosas y de vivir”. Camino fue uno de los muchos niños que vivieron en la Meca. Inicialmente, esta residencia acogía tanto a mayores como a niños. Aquí eran escolarizados y su formación se completaba en talleres donde aprendían un oficio.
“Mi madre me trajo con mi hermana porque mi padre murió, hacía calzado para los soldados, y mientras se organizaba durante dos años estuvimos viviendo y estudiando aquí”. Junto a Camino, a su izquierda y derecha, se sientan también Mª Ángeles Esáin (95) y Juana Cerrada Vicente (86). Las tres reposan las inyecciones antes de incorporarse a sus rutinas. No perdonan su café del mediodía en la calle y los paseos por la Vuelta del Castillo.
Juana revela que este año ha sido la ganadora del concurso de relatos cortos de la Fundación Lares, una organización que a nivel nacional cuida y defiende los derechos de las personas mayores. “60 días de aislamiento en compañía” era la temática del concurso este año.
“Escribí sobre los cuidados que hemos recibido aquí durante el confinamiento”, explica Juana, aclarando que trabajó de profesora en el colegio San Cernin. “Alababa el trato recibido por todo el mundo, pero especialmente por las chicas de las chaquetillas azules. Ellas, como el resto, fueron nuestros ángeles...”. Se emociona. “Hemos superado una guerra y hemos conseguido esta democracia. Pero lo consiguieron nuestras madres, porque la mayoría perdimos a nuestros padres. Con esto quiero decir que solo la juventud va a poder conseguir sacar a este país de este bache. Ellos se tienen que concienciar de que deben luchar como lo hicieron nuestras madres”. La madre de Juana se llamaba Julia y falleció con 85 años. “Ella nos enseñó a mirar siempre al futuro y sin rencor”.
Juana Cerrada Vicente (86) se emociona al ponerse la tercera dosis
Juana Cerrada Vicente (86) se emociona al ponerse la tercera dosisIvan Benitez

Mariano Pascal: “La vacuna ha sido nuestro salvoconducto a la normalidad”

Mariano Pascal Lizarraga, responsable de comunicación y participación en la meca
¿Cuándo se pusieron la primera vacuna los residentes?
El lunes 4 de enero. Unos días antes, el 30 de diciembre de 2020, reunimos a los residentes y Aurelio Barricarte Gurrea, del departamento de Salud del Gobierno de Navarra, les explicó en qué iba a consistir la vacuna y respondió a todas sus dudas.
¿Qué tipo de dudas?
Le preguntaban cómo les podía afectar la vacuna por sus dolencias. Eran preguntas muy prácticas, sin filtros. Y se quedaron muy tranquilos. Tenían mucho miedo a los efectos secundarios.
Recordemos lo que ocurrió en la Casa de Misericordia desde el inicio del estado de alarma el 15 de marzo de 2020 hasta el 30 de diciembre.
Los meses de marzo y abril aquí fueron terribles. Tenemos muchos residentes, más de 500, pero en las dos primeras olas, hasta septiembre, entre residentes con síntomas a los que no se les realizaban PCR y personas ya diagnosticadas llegaron a fallecer un 12% de ellos. Y no eran una cifra, eran personas con una impronta y un legado de vida
¿Y cuál es la situación en la residencia desde la primera vacuna?
Tras la primera vacuna no ha habido fallecidos. Ni siquiera hemos sufrido casos positivos desde finales de octubre gracias a las medidas adoptadas, que fueron muy efectivas.
¿Hay un antes y un después por lo tanto con las vacunas?
Las vacunas han sido nuestro salvoconducto para poder llevar una vida normal cuando ya estaba en la calle la tercera y cuarta ola. Ellos, nuestros mayores, han sido las personas más penalizadas en su vida cotidiana durante la pandemia. Y gracias a la vacuna han recuperado la libertad.
¿Cómo ha impactado en la residencia esta quinta ola, tan contagiosa entre los jóvenes e inesperada?
No nos ha afectado nada. Ni nos hemos enterado. Esto demuestra la efectividad de la vacuna.
¿Cuáles son los límites aquí dentro para las familias?
Las familias pueden entrar pero no pueden coincidir en las zonas comunes. Eso sí, para acceder se debe estar vacunado y deben presentar el certificado covid.
¿Cómo se encuentran de ánimo los residentes?
Hace un año estaban comiendo en una mesa dos personas separados por una mampara y eso perjudicaba la comunicación. Ahora ya comen cuatro personas por mesa y hablan.
Impresiona verles sentados jugando al bingo y algunos sin mascarillas.
Sí, hemos recuperado mucha normalidad. La ley les permite estar aquí dentro, que es su casa, sin mascarilla. No sé si volveremos a ser la Meca en la que los familiares participaban de todas las actividades, pero vamos de camino...
¿Piensa que nos encontramos cerca del fin de la pandemia?
Me parece muy arriesgado hablar en estos términos sin que el planeta esté vacunado.

Yolanda Liberal: “Los mayores se han adaptado y han reconquistado la vida”

Yolanda Liberal Aranda, Psicóloga de la Meca
¿Qué significa la tercera dosis en una residencia como la Casa de Misericordia?
Una mayor seguridad. Este verano han podido reunirse con las familias en la calle y los familiares han podido entrar. Y ahora vamos hacia el otoño, patios cerrados, y viendo cómo nos apaleó el virus en los lugares cerrados... La vacuna nos ayudará a sentirnos más seguros a la hora de retomar actividades.
¿Cómo les ve en su consulta?
Con el paso del tiempo se han ido atreviendo a contar cómo lo vivieron. Ha salido el cansancio, algo más de irritabilidad también, pero han perdido ese miedo a las limitaciones tan brutales que tuvieron.
Un año y medio más sin vacunas, ¿qué hubiera supuesto en una residencia?
No me lo he planteado. Tienen mucha capacidad de resiliencia, pero están en una etapa en el que el tiempo es vital. Es muy importante. Y seguir otro año de desconexión... Ellos son muy conscientes de su etapa vital. Sus frentes se han reducido y han adquirido un nuevo valor. Ha sido increíble su adaptación tras el confinamiento. Los primeros paseos, al verlos salir de sus habitaciones, bajaban desorientados... Sin embargo, poco a poco empezaron a cuidarse.
Decía Juana Cerrada, una de las residentes, que la vacuna es esperanza...
Claro, gracias a la vacuna han reconquistado su día, su vida, las cosas que para ellos son de vital importancia: los suyos, su entorno, sus rutinas. Lo que pasa es que el tiempo es más limitado y adquiere más valor.
Es decir, se ha pasado de la conquista de las libertades de la primera dosis a la normalidad de la tercera.
Sí, pero da como miedo hablar de normalidad.
Hace un año que hablamos con usted, ¿cómo se encuentra?
Bien, quizá emocionalmente más revuelta, más cansada, con ganas de que todo esto quede atrás. Pero bien. También hemos vivido experiencias que enseñan mucho. Los mayores han sido las personas que más han sufrido y ver cómo han sido capaces de adaptarse y de reconquistar. Ha sido toda una enseñanza.
Insiste en usar la palabra reconquista.
Porque ellos estuvieron muy desconectados y encerrados en muy pocos metros. Solo tenían una televisión que les decía cada día que los mayores se morían, aunque pudiéramos entrar y proporcionarles esperanza. Y al verles ahora así...
¿Quién se iba a imaginar que viviríamos algo así?
Todo esto nos ha hecho más sensibles a nuestra vulnerabilidad.
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