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Diez años sin el terrorismo de ETA

Un beneficio para jóvenes y víctimas

Cristina Cuesta, Íñigo Pascual y Marisol Chávarri, víctimas de ETA, hablaron este miércoles de su experiencia compartiendo su testimonio en colegios e institutos, sesiones de las que destacaron su importancia por transmitir lo sucedido y la atención de los alumnos

Roncesvalles Labiano, doctora en Comunicación y moderadora de la mesa, y las víctimas Marisol Chávarri, Cristina Cuesta e Íñigo Pascual
Roncesvalles Labiano, doctora en Comunicación y moderadora de la mesa, y las víctimas Marisol Chávarri, Cristina Cuesta e Íñigo PascualJ.A. Goñi
  • Paloma Dealbert
Publicado el 21/10/2021 a las 06:00
En el décimo aniversario del fin de la violencia de ETA, este miércoles, se conmemoraba otra fecha: los 38 años desde que la banda terrorista asesinó a Cándido Cuña, un panadero de Rentería (Guipúzcoa). El porqué de que mataran a una persona con una profesión en apariencia inofensiva se lo han planteado a Cristina Cuesta varias veces. A su padre, Enrique Cuesta, lo mataron los Comandos Autónomos Anticapitalistas -escisión de ETA- en 1982, tras aceptar el puesto como delegado de Telefónica en Guipúzcoa. Recordar a las víctimas civiles o a qué se dedicaba su progenitor le sirve, explicó este miércoles durante la mesa redonda en la que intervino del curso Memoria y prevención. El terrorismo y sus críticas en las aulas, en la UPNA, para desgranar algunos detalles de la historia de la banda terrorista y las consecuencias de sus ataques.
Cristina Cuesta, Íñigo Pascual -hijo de Ángel Pascual, asesinado en 1982- y Marisol Chávarri -hija de Miguel Chávarri (1979)- detallaron la manera en que ofrecen su testimonio a los jóvenes en los colegios e institutos. El Ministerio del Interior imparte formación para que lo hagan de la mejor manera posible.
Estas sesiones, coincidieron los tres, resultan fructíferas tanto para el público como para ellos mismos. Es primordial, señalaron, que quienes no conocieron el azote del terrorismo aprendan qué sucedió.“Los alumnos tienen que saber que las víctimas son personas de carne y hueso, no son solo esas que salen en televisión”, afirmó Chávarri, que empezó a divulgar su experiencia en La Rioja, en el curso 2017-18. Las víctimas alabaron el silencio respetuoso que predomina en las salas cuando hablan. Cristina Cuesta ha participado en encuentros sobre todo en Madrid: “Se crea una burbuja de energía, de emociones, de empatía...” Chávarri reveló que la directora de un instituto le había confesado que hasta aquel momento no se había celebrado una charla en la que todos los estudiantes se hubieran comportado así.
Estos testimonios, insistió Cuesta, ayudan a difundir los “derechos y valores democráticos” porque ninguna víctima se tomó la justicia por su mano: “En las peores circunstancias hemos actuado de la mejor manera posible”. En estas sesiones educativas trata de humanizar a su padre y menciona sus gustos para demostrar que los asesinados como Enrique Cuesta eran “gente normal, con sus luces y sus sombras, pero no fanática”. Con estas sesiones, opinó, se hace una labor de prevención de la radicalización. Desde 2019 Cristina Cuesta también cuenta su testimonio en centros de menores, a grupos entre los que a menudo hay jóvenes con delitos considerables a sus espaldas, con esperanza de “ser clara, dar esperanza”.
EMPATÍA EN LAS AULAS
Compartir experiencias impactantes no es sencillo y el carácter de cada víctima marca cómo percibe estos encuentros. Son heridas que no terminan de cicatrizar, denunció Cuesta, porque hay cuestiones sin resolver -más de un tercio de los asesinatos están sin resolver, como los de los padres de Pascual y Chávarri- y se siguen celebrando homenajes en el espacio público. “Cada vez que cuento el relato me pongo nervioso, me acuerdo de aquello”, confesó Íñigo Pascual. Desde que mataron a su padre se sumió “en un pozo sin fondo”: “Estoy perdiendo la voz de mi padres, y eso es terrorífico”.
“Pero para nada es lo más grave que me ha pasado en mi vida; lo más grave empezó después”, manifestó antes de referirse a la soledad y la incomprensión que han sufrido muchas víctimas, a menudo por parte de sus vecinos. A su padre lo mataron cuando conducía su coche. Íñigo iba de copiloto.
“Me ayudan más las personas a las que doy el testimonio que yo a ellos”, admitió Pascual. A Cuesta, las charlas la llenan de energía. Chávarri relató cómo al terminar hay alumnos que se acercan y la abrazan. Y para las tres víctimas estas sesiones son también una forma de homenajear a sus familiares.
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