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Análisis 

Abuelo de los que dejan huella

Dar dinero a un niño sin una idea más ambiciosa..., no me convencía

Ampliar Un parque de Pamplona cubierto de hojas en día de otoño
Un parque de Pamplona cubierto de hojas en día de otoñoDN
Publicado el 24/10/2021 a las 06:00
El viento del otoño pone en fuga las hojas en los árboles y los pájaros de las ramas. También un hatillo de globos que por alguna razón salió disparado y ahora descansa en medio de la hojarasca, en el camino junto al río Sadar, al lado del centro de atención de animales, el antiguo lazareto de Pamplona. Son las diez de una mañana espléndida y un hombre mayor, que pasea animado por unos bastones nórdicos, me reclama. Me pregunta de dónde han podido llegar esos globos que acabamos de descubrir en el suelo. Y lo hace como si fuera una conversación que dejaron pendiente dos personas que se conocen. Y se me queda mirando como si yo tuviera respuestas. O como si debiera tenerlas. Miro a todas partes y me veo ahí, caminando con con mi bici agarrada a la mano derecha, en medio de mi propia estupefacción, observando los globos huérfanos y especulando.
-¡Qué pena! ¿Lo has visto? ¿Qué podemos hacer?
-Sí, sí. Lo veo, respondo y empiezo a charlar con alguien a quien no conozco. El hombre lleva una mascarilla de tela y una visera tipo safari que le cubre la nuca.
Qué podemos hacer por unos globos abandonados cuando no podemos hacer gran cosa, me pregunto a mí mismo. Descubro a este hombre y me sorprende la familiaridad con la que hablamos. Tendrá como 70 y tantos años y espoleado por él vuelo con la imaginación. Dónde se fabricaron; en la celebración de qué niño fueron estrella de cumpleaños, porqué terminaron aquí en mitad de un día de otoño. Mi interlocutor tiene el aspecto de un caminante a Santiago, de un jubilado peregrino vestido con una estética entre Lawrence de Arabia y el capitán Tan de los chiripitifláuticos. A él le preocupa que los globos se hayan convertido en desperdicio, en basura, siendo un material aprovechable y en perfecto estado.
-”Sería bonito recuperarlos”, me dice. Y me mira a los ojos interrogador. “No hay que tirar nada, ni objetos ni comida”, deja bien sentado.
El hombre apunta maneras de filósofo del siglo XXI. Entiendo que en la vida la gente realiza apuestas que cree importantes. Casarse o permanecer soltero, tener hijos o no tenerlos, cuidar de los padres, escribir un libro, hacer deporte, emplearse en un oficio por vocación..., pero este apego extraordinario por unos globos desamparados no acabo de verlo.
-¿Por qué tiene tanto interés?, le digo al hombre.
-Solo podemos dar soluciones a las pequeñas cosas, me dice. Los grandes problemas no están a nuestro alcance. Se nos escapan.
Como los globos, pienso. Perotiene sentido lo que dice. Me reafirmo. Un filósofo. La coherencia de su mensaje refuerza mi sensación de actuar bajo presión, de que necesito una salida.
-¿No tiene usted nietos?, le suelto.
-Sí, sí, claro. Tengo uno. Cumple hoy diez años.
-¿Y ya tiene regalo para él?, le interrogo mientras urdo una propuesta.
-No se me ha ocurrido nada, así que pensaba darle la paga.
- ¿Y qué le parece recoger los globos, llevarlos hasta el portal de la casa de su nieto; colocarlos en la entrada con un gran cartel que diga “Felicidades” o “Zorionak” o las dos cosas; tocar el timbre y que cuando baje se encuentra con la sorpresa. Entonces aparece usted, le canta el “cumpleaños feliz” y le da la paga que tenía pensada.
Joder, me parece la leche!, responde el señor a quien la idea le ha cambiado el rostro. Se expresa con tanta satisfacción que la mascarilla de tela se le mueve arriba y abajo. “Yo no estaba muy sastisfecho”, añade. Dar dinero a un niño sin una idea más ambiciosa..., no me convencía. La paga es una manera poco imaginativa de resolver el ‘cumple’. No es un regalo que deje huella especial de abuelo en el nieto.
Ahora parece satisfecho. Camino junto a él unos minutos más. Hasta que de repente se detiene y me dice: “¿Y si le consulto antes a mi mujer? Fíjate”, añade, “ellas suelen tener una visión distinta de las cosas…
-Pues hágalo como mejor considere, claro.
Nos despedimos en la avenida de Zaragoza, delante de su portal. Yo retomo la marcha en mi bicicleta pero al hombre no me lo quito de la cabeza. ¿Habrá compartido la iniciativa con su mujer? ¿Estarán de acuerdo en recoger los globos para el nieto? ¿Seguirán sobre el césped?
Tres horas después regreso al mismo lugar. Los globos han desaparecido. No cabe duda. Mi compañero de charla, el caminante con aspecto de peregrino veterano, ha convencido a su esposa. Sus argumentos, incontestables para mí, lo han sido también para su mujer. “Solo podemos dar solución a las pequeñas cosas”. “No hay que desperdiciar ni objetos ni alimentos.”
El niño habrá tenido un regalo de abuelo que deja huella. Realmente, la deja.
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