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Violencia de género

Aichata Diarra, víctima de violencia machista, ha vuelto a hacer deporte y a sonreír

Hace poco más de un año que esta mujer africana que lleva 9 en Navarra cogió a sus dos hijos y se largó de casa. En su nueva etapa, de la mano de Esther Casals, técnica de igualdad, ha recuperado la práctica deportiva, y con ella la energía

Aichata Diarra y Esther Casals Flores, ayer, en el parque Tomás Caballero de Pamplona
Aichata Diarra y Esther Casals Flores, en el parque Tomás Caballero de PamplonaCORDOVILLA
Actualizado el 25/11/2021 a las 07:28
Aichata Diarra nació hace 31 años en Mali. Lleva 9 en Navarra, donde han crecido sus dos hijos, de 8 y 4. Hace poco más de un año, en octubre de 2020, dio un revolcón a su vida, cogió a los niños y se largó de la que hasta entonces era su casa para siempre. Sufría maltrato habitual, “violencia continua, física y psicológica”, matiza a su lado Esther Casals Flores, técnica de igualdad, y tenía miedo de morir, cuenta. En su vuelta a empezar, esta mujer de sonrisa agradecida ha pasado por el centro de urgencias donde la policía lleva a las víctimas de violencia contra la mujer en Navarra. Ahora reside en un piso de la red que gestiona el ejecutivo foral y el próximo día 1 de diciembre comienza un trabajo en el sector de la limpieza. En esta etapa, ha vuelto a hacer deporte. Y a sonreír.
Antes de que todo se volviera oscura, cuenta, se recuerda como una niña que tuvo una infancia “más o menos feliz”. En su país practicaba baloncesto, fútbol o críquet. Después, como la gran mayoría de chicas al llegar la adolescencia, dejó de lado los juegos para dedicarse al hogar y a la crianza. “Estoy en otra etapa ahora. No ha sido nada fácil dar el paso, pero el deporte me ha ayudado mucho, sí”.
En ese facilitar la recuperación de la autoestima es donde ha interactuado con la mujer sentada a su lado. Se llama Esther Casals, tiene 39 años, y es de origen barcelonés. Técnica de Igualdad y experta en género, ha puesto en marcha un programa de empoderamiento para estas mujeres víctimas de violencia que le permite combinar dos de sus grandes pasiones: el deporte y lo social. Casals, que ha llegado a jugar al fútbol en primera línea en el FC Barcelona o en la selección catalana de fútbol, se graduó en Trabajo Social en la UPNA, donde realizó un estudio sobre cómo el deporte puede ayudar a luchar contra la violencia machista. Actualmente trabaja para la Fundación Xilema.
Diarra y Casals se conocieron la pasada primavera, en un programa con 12 sesiones que apasionó a la primera. “El deporte puede ayudar a estas víctimas. La idea es trabajar con ellas tanto a nivel corporal como emocional. La propuesta que llevo a cabo supone vincular ejercicio físico y emociones, en sesiones de hora y media. Trabajamos en grupo durante la última media hora, analizando algún concepto como el miedo, la culpa, la resiliencia, etc”. Como ejemplo práctico, cuenta que hay una dinámica en las que las mujeres juegan al pilla-pilla. Una de ellas se convierte en el objetivo y el resto intenta atraparla a la carrera. “Vamos explorando. Pongo un cascabel a la persona que hay que coger y a las demás les vendo los ojos. En otro momento, coloco a una mujer en una pared y el resto le lanza pelotas, balones. Vemos cómo reacciona. Hay quien lo hace con rabia. Otras se encogen y se dejan acribillar...”. Las participantes en las sesiones van compartiendo sus sensaciones durante el juego. En general, las víctimas se vayan abriendo.
“Otro día les planteo un partido de baloncesto. Uno de los equipos tiene a las jugadoras con un brazo atado a la espalda. “Generalmente el partido acaba 10 a 0. Cuando nos ponemos a charlar tras la sesión, les explico que es un símil. Las que jugaban libres eran los hombres que no las tratan bien. Las que no, mujeres víctimas. Si no juegas en igualdad de condiciones, el partido no es justo”.
¿Cómo se trabaja una emoción tan compleja, y más en estos perfiles, como la culpa? Cuando una de estas mujeres falla un tiro. O un pase. O cuando lo aciertan. “A mí me encantó. Me hubiera gustado hacer más deporte. Cuando me iba a la habitación y hacía ejercicios o sentía agujetas, era una sensación nueva”. Un dolor constructivo.
“Aunque algo va cambiando, el deporte en nuestra sociedad está asociado generalmente al ocio de ellos, de los hombres. Es tiempo para ellos mismos, lo que muchas veces, por temas de conciliación, nos falta a nosotras. Además, muchas jóvenes lo dejan por prejuicios asociados a la práctica deportiva en mujeres”, relata Casals. En la terapia, había mujeres que así lo contaban. “Me llamaban marimacho, por hacer fútbol”, ejemplifica el testimonio de alguna.
UNA ENERGÍA QUE ENCIENDE
En el caso de Aichata Diarra, la práctica deportiva fue un revulsivo para darle fuerza. “Llegué apagada, sin ganas de hacer nada. El deporte me dio ánimo, ganas. Yo era muy cerrada y me ayudó a hablar delante de la gente, a quitarme vergüenzas”.
Una sesión que ambas recuerdan con especial cariño fue la que llevó a estas mujeres a la piscina. Fue en las instalaciones deportivas de Burlada y para Aichata incluía un doble reto: no sabe nadar y lleva velo. “Me dejaron un bañador especial. Me gustó mucho”. Tanto, que ha estado mirando la posibilidad de continuar las sesiones en la piscina por su cuenta, aunque no es fácil. “Tengo que estar con mis hijos por la tarde”.
Al menos, dentro de lo que su nueva vida le permite, ha encontrado espacios para no volver a dejar de lado el deporte. Curiosamente, equilibrando a los niños y a su tiempo libre. “Voy con los niños al parque. Antes me sentaba en un banco y los miraba. Ahora me pongo a jugar con ellos. ¿Carreras? Pues a correr. O al fútbol. Y a ellos les gusta mucho”, cuenta, ufana.
En su caso, su periodo alejada del deporte coincide casi milimétricamente con el de su espiral de violencia. “Sufrí maltrato durante 7 años. De los 23 a los 30. ¿Por qué aguanté? Porque creía que iba a cambiar”. Hasta que un día ella se dio cuenta de que no y se marchó, dice. En ese punto y aparte pesó mucho los consejos de su madre. “Ella me decía que no es la religión, que la mujer no tiene que estar así de mal. Ella nunca ha sufrido nada ni parecido con mi padre. ¿Hasta cuándo? ¿Hasta que te mate?”, recuerda que le insistía.
Si alguien conoce algún caso que se pueda parecer al suyo, Aichata levanta la vista y, por primera vez en toda la entrevista, destierra la sonrisa que anima su conversación alegre. Con un rictus muy serio, proclama: “No aguantes. No va a cambiar. Ni un grito. Ni una paliza. No va a terminar”.
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