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Educación

Así estudian los niños ucranianos en Navarra

En la Comunidad foral hay más de 180 menores de Ucrania escolarizándose. Se esfuerzan por seguir dos sistemas educativos distintos, sin dominar el castellano ni poder atender las clases de sus centros ucranianos

Ampliar Iryna Gorodnia abraza a su hija, Mariya, al terminar un taller de apoyo a los niños ucranianos que han llegado a Navarra. Inna Luzhetska, docente ucraniana, las observa
Iryna Gorodnia abraza a su hija, Mariya, al terminar un taller de apoyo a los niños ucranianos que han llegado a Navarra. Inna Luzhetska, docente ucraniana, las observacordovilla
  • Paloma Dealbert
Publicado el 15/04/2022 a las 06:00
Mariya Gorodnia termina de pintar un pequeño conejo rodeado de huevos y mira varias veces hacia la pizarra para intentar copiar ‘Feliz Pascua’ sobre un fondo azul y amarillo. Es la primera vez que la pequeña, nacida en Kiev hace 8 años, ve estas dos palabras, pero las incorpora a la mochila de vocabulario en castellano que tuvo que colgarse el 13 de marzo, cuando llegó a Pamplona junto a su madre y su hermano, de 14.
A los menores les ha tocado apretar el acelerador de los idiomas; la niña atiende las clases de un colegio público de Zizur y el adolescente, un instituto pamplonés. “No sabían nada de español, pero ahora mi hija es capaz de hablarlo un poco, aprende rápido”, explica la madre, Iryna Gorodnia. Los contenidos de Educación Primaria, opina, van un poco por detrás de los de Ucrania, lo que permite que la niña se centre en el castellano, pero en la ESO se encuentran más a la par: “Mi hijo además es más introvertido y es un poco difícil para él. En IES Basoko habla todo en inglés, pero necesita un poco más de nivel para seguir las asignaturas”, comenta cuando se acerca a recoger a Mariya de la Ridna Shkola (Escuela Nativa), las clases de apoyo que organizan varios voluntarios los sábados en Civivox Ensanche.
Es el tercer día que los niños obligados a dejar Ucrania por la invasión rusa se acercan a este centro cultural. Pero ya acusan la falta de espacio. Cada semana se multiplican las familias que solicitan este recurso, gratuito, para reforzar el castellano y que los pequeños se relacionen con otros chiquillos en su misma situación. Si dos meses atrás la actividad acogía a cuatro menores, con los recién llegados han alcanzado los 56. Además, los voluntarios han puesto en marcha para los adultos el Taller de Paz Interior y un grupo de español.
Los cuatro grupos de niños se dividen por edades. Para el de Mariya se ha programado la creación de una tarjeta de felicitación de la Pascua; trabajan los colores, el nombre del animal o cómo referirse a la papelera donde echan los recortes que no van a utilizar. Aprenden términos que también les sirven para desenvolverse en sus nuevos centros educativos. Hay ya 180 menores escolarizados en la Comunidad foral.
Maxim Rugoza, de 12 años, se incorporó hace dos semanas a las clases de 6º de Primaria del Colegio Santa María la Real ‘Maristas’. “Dice que le gusta mucho, que ya tiene amigos, juega al fútbol y sus profesores son buenos”, traduce una de las voluntarias. Aunque “se ha acostumbrado muy rápido” a vivir en España -se aloja en casa de su abuela materna, que reside en Navarra desde hace varios años-, está deseando volver a Kiev, donde su padre continúa trabajando. Y como su progenitor, quiere ser productor para la televisión.
Rugoza ofrece tímido sus datos principales en castellano. En el centro, explica la familia, los profesores imparten el idioma al margen del currículum para que los ucranianos puedan seguir las lecciones. Los voluntarios de la actividad de los sábados observan que para su franja de edad el aprendizaje está siendo veloz y lucen contentos. A partir de los 13, demuestran más tristeza y expresan más el deseo de volver a su país, aunque también depende de sus condiciones familiares o su ciudad de origen.
Los menores ucranianos acuden los sábados para relacionarse con otros niños en su propio idioma
Los menores ucranianos acuden los sábados para relacionarse con otros niños en su propio idiomacordovilla
UN SISTEMA DIFERENTE
“Unos no tienen ordenadores, a otros les resulta difícil el español. Algunos viven con familiares que no están preparados para acogerlos durante tanto tiempo...”, enumera Inna Luzhetska, profesora ucraniana con dos hijos que recaló hace un mes en Navarra, en casa de unos amigos. Natural de Vinnitsa, en el centro del país, reconoce que la situación actual, en la que aún predomina la incertidumbre, deja en el aire la educación de los pequeños: “En Ucrania todos los niños continúan estudiando a distancia, pero los que han empezado en el sistema español no siguen las clases online”. Hay quienes sacan hueco para ponerse al día con las tareas virtuales pero, denuncia Luzhetska, ya presentan lagunas de conocimiento.
El departamento de Educación del Gobierno de Navarra asegura que “va quedar constancia del tiempo que estén escolarizados en España, a todos los efectos”. Estos menores, explica, cuentan con “los controles de asistencia normales” y “serán sometidos a los procesos de evaluación y calificación”. Aunque Inna Luzhetska teme que no sean capaces de aprobar los exámenes españoles ni los ucranianos. “En otros lugares, como Países Bajos o Polonia, los gobiernos preparan a los profesores ucranianos que han llegado para que vayan a los colegios. Son como tutores, los ayudan en su adaptación y a terminar el programa de Ucrania”, refiere la docente.
SIN PERDER LA IDENTIDAD
En estas sesiones aparte las actividades se vinculan a la cultura de donde son oriundos y los niños comparten sus preocupaciones. La profesora insiste en que este apoyo evita que se sientan solos, extraños, y permite “preservar la identidad, para que estén listos para volver al país”. El mismo objetivo que persiguen los voluntarios durante las mañanas en Civivox Ensanche.
La Ridna Shkola nació en realidad hace una década para evitar la pérdida de raíces. Se dirigían a niños de familias de Ucrania que o bien habían nacido en la Comunidad foral o habían llegado de muy pequeños. De esta forma se les acercaba la cultura y el idioma del país del que proceden sus padres. Ahora son una minoría. Hay grupos repletos de refugiados y otros en los que se mezclan con los autóctonos.
“El primer día los que habían nacido aquí estaban más callados”, recuerda sonriente Maria Vons, voluntaria desde que empezó la actividad. En las últimas semanas, tras el estallido de la guerra, a ella se han sumado espontáneos y personas vinculadas a asociaciones como Berehynia, Alas de Ucrania o Segunda Familia. Y reciben ayuda y propuestas de centros como Mundo World School y Academia Ludoteca de Idiomas.
La adolescente Marta Vatsyk fue admitida en Maristas la misma semana en que llegó a Navarra
La adolescente Marta Vatsyk fue admitida en Maristas la misma semana en que llegó a Navarracordovilla
Los voluntarios, reconoce Vons, tratan de dejar al margen de sus talleres la invasión. Pero los pequeños no son ajenos a lo que ocurre: “Hemos procurado no hablar de este tema, pero entre los chicos sí hemos oído que lo hablaban”.
Los niños, afirma Inna Luzhetska, saben más de lo que los mayores suelen llega a imaginar. Más con acceso a internet. Pero “la mayoría de padres no son capaces de responder a las preguntas porque es un estrés enorme para ellos, están cerrados”, señala. Otro problema común es que los hijos no expresen sus inquietudes porque “están asustados de preguntarles a sus padres porque los padres lloran si les consultan”. Por esta razón, reitera, es importante que instituciones y organizaciones brinden apoyo psicológico a los menores.
Mariya Gorodnia echa de menos a su padre, que se quedó en Kiev, aunque la madre admite que la situación ha mejorado. “Hemos sufrido mucho, pero ahora hablo todos los días con mi marido. Es un poco peligroso para él, pero mis hijos están a salvo y mis padres se fueron a Israel porque en mi familia somos judíos. Mi marido no lo es”, expone. Se sorprende con la rapidez con la que su hija aprende castellano y agradece la actividad del Civivox, señala, porque la pequeña puede hablar con otros menores en ruso, el idioma que más manejaban en la que era su casa, y en ucraniano.

De lunes a sábado y entre dos sistemas

Los españoles siempre están ofreciéndome comida”, ríe Marta Vatsyk. Tiene 15 años y en apenas un mes pasó de estudiar en un centro educativo de Ternópil, al norte de Ucrania, a seguir las lecciones en un idioma desconocido, en un colegio navarro. Su trabajo se alarga de lunes a sábado. Los cinco primeros acude a una clase de 4º de la ESO en Maristas, en Sarriguren, y los sábados se pone al día con el curso ucraniano. Porque la primera asignatura del instituto de su ciudad, se imparte a las 8 h, y con la hora de diferencia entre semana debía madrugar demasiado.
ENTRE TRES IDIOMAS
“Hablo con mis nuevos amigos en inglés y a veces tengo que preguntarles si pueden traducirme o me dicen cómo se escribe o se pronuncian las palabras”, cuenta Vatsyk. Para sus hermanos, de 12 y 10 años, añade, estudiar resulta más difícil porque no dominan tanto el vocabulario anglosajón.
Marta es una chica muy despierta. Todavía no tiene claro a qué le gustaría dedicarse, aunque baraja la posibilidad de centrarse en la programación. Por este motivo, en Ucrania estudiaba una formación profesional relacionada con la informática. Acostumbrada a aprender de forma virtual, empezó a estudiar japonés por su cuenta y está atenta a lo que sucede en el mundo. Habla con soltura de Putin y el Donbas, y corrige a su madre cuando dice Kiev -, la pronunciación rusa- y no Kyiv.
Vatsyk cuenta que enseguida supo de la invasión de su país. “Eran como las cuatro de la mañana, me levanté a por agua y no me podía dormir, entré en internet y había mucha actividad; nos estaban bombardeando”, recuerda. Sus hermanos conocen bien lo que sucede. “Ya son todos mayores, entienden que Rusia nos invadió y que hay una guerra”, determina la madre, Olga Vatsyk, de 42 años. Psicóloga y dueña de un centro de estética, es la que más se emociona durante la conversación. “Echa muchísimo de menos a mi padre”, comenta la hija mayor. El marido, Igor, médico de 45 años, sigue en Ternópil, ciudad a la que, insisten, desean volver cuanto antes. “En Ucrania teníamos una vida genial, íbamos al colegio, teníamos un perro y gatos y mi hermana y yo teníamos muchos amigos…”, recuerda Marta Vatsyk. Su tía materna, vecina de Pamplona, fue quien se puso en contacto con las voluntarias que fueron a Polonia a recoger a ucranianos de la mano de la asociación Segunda Familia.
En Navarra la familia intenta mantener rutinas similares a las que seguían hasta finales de febrero. Kristina Vatsyk, de 12 años, sigue lecciones de canto online con un profesor de Ucrania dos veces a la semana y los sábados, tanto ella como su hermano Mateo van a clase de piano. La madre de acogida, una vecina de Gorraiz, se muestra asombrada por lo rápido que se han integrado en el colegio. Sostiene que desde el segundo día, cuando recogen al pequeño, lo encuentran jugando a fútbol y los tres salen sonriendo. Maristas, añade, ha puesto muchas facilidades: “Llegaron un lunes y el viernes nos dijeron que estaban admitidos”.
EL CENTRO DE ATENCIÓN
Marta Vatsyk describe a sus compañeros como “maravillosos” y admite que una profesora, de origen ucraniano, la ayuda a solventar las dudas de su otro centro, el de Ternópil. Pero reconoce que la agobia ser el centro de atención: “A veces me siento muy cansada porque llego a la escuela y todo el mundo está hablándome y preguntándome. Mucha gente viene porque dice, oh, una chica ucraniana”.
“En mi colegio tenía amigos -prosigue divertida-, pero no venían todos a mí. En el colegio español me he olvidado de cómo respirar. Todos están todo el tiempo: ‘¡Hola, hola! Encantado de conocerte’”. Aunque aprecia la amabilidad de sus compañeros nuevos, que le preguntan por cómo se traducen los saludos y otras frases al ucraniano y se interesan en saber cuál era su ciudad.
“Están muy contentos, son buenos con ellos. Pero es difícil estudiar en español porque no lo entienden”, refiere Olga. La madre también intenta avanzar con el idioma los jueves y viernes, de la mano de unos voluntarios, aunque señala que el traductor del móvil la ayuda a salir del paso. A ella y a sus anfitriones.
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