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Rusia invade Ucrania

La invasión desde los ojos de Vika

Su aldea fue de las primeras en temblar por la invasión rusa la noche del 24 de febrero en Ucrania. Rosa y Javier sacaron a su hija de acogida (14 años) el 10 de abril tras 20 horas de espera en la frontera

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Vika y Rosa Germain, su madre de acogida, en CásedaIván Benítez
Publicado el 08/05/2022 a las 06:00
"¡Despierta, ya está aquí la guerra!”. Eran las cuatro y media de la madrugada cuando la abuela de Viktoriia Atroshenko (Vika), de 14 años, alertó a su nieta del inicio de la invasión rusa en Ucrania. Su aldea, Khotivlya, en la zona de Chernígov, una de las más castigadas de la guerra, se convertía en la primera localidad en temblar por el estruendo de la artillería.
Localizada en la misma confluencia de Bielorrusia y Rusia, con una población de unos 300 habitantes dedicados principalmente al campo, aislados del mundo, sin ni siquiera un colegio, las columnas de los blindados rusos pasaron de largo a cinco kilómetros en dirección Chernígov y Kiev. Y sin un refugio donde guarecerse, Vika y su abuelos decidieron exponerse dentro de casa. Sin salir a la calle, excepto al huerto, así permanecieron desde el 24 de febrero hasta el 10 de abril, pendientes en todo momento del sonido de la muerte, a veces lejano y otras demasiado próximo. Sin nada qué hacer durante tantos días de guerra, la adolescente, huérfana y sin hermanos, trató de no exteriorizar su miedo, la guerra interior, para no preocupar. La pantalla del móvil se convirtió en su única ventana cuando conseguía conexión. En ocasiones, si los aviones de combate rusos no descargaban su fuego, la aldea dejaba de temblar y entonces conseguía advertir el juego de los niños más pequeños de la aldea en la calle y se asomaba a observarles por el tragaluz de la esperanza.
En la aldea se perdía cobertura fácilmente. Eran sus tíos, desde el refugio en el que sobrevivían en Chernígov, quienes mantenían el contacto con la familia de acogida de Vika, en Cáseda. Mientras esta situación se vivía en Ucrania, a más de 3.000 kilómetros, en Navarra, Rosa Germain Vivó y Javier Remón Oroz organizaban lo que llamaron “operación Vika”, que consistía en tenerlo todo preparado para que, cuando llegara el momento, viajar a Polonia y recoger a su hija: Vika conoció por primera vez Cáseda cuando era una niña de siete años gracias a la Ong Segunda Familia. Aquí disfrutó de unas vacaciones de verano e invierno a lo largo de cinco años consecutivos, hasta el inicio de la pandemia.
La señal de aviso llegó desde Chernígov a Cáseda, al móvil de Rosa, el 8 de abril. Los soldados rusos se habían replegado, dejando la zona libre pero sembrada de minas y el 80% de la ciudad arrasada. Al salir del refugio y comprobar el nivel de destrucción, la tía de Vika escribió: “¿Podéis sacarla de aquí?”.
A partir de entonces, “operación Vika” se puso en funcionamiento. Sus tíos condujeron a su aldea, recogieron a la adolescente y a la abuela (el abuelo decidió quedarse) y continuaron hacia Vinnytsia. En esta ciudad se reunieron con un notario, prepararon los documentos para poder ceder la patria potestad al matrimonio de Cáseda, y al día siguiente, esta vez en autobús urbano, siguieron el periplo a la frontera. Los militares ucranianos los detuvieron en el último puesto de control para comprobar la documentación de los pasajeros, la mayoría niños y niñas. Los retuvieron nueve horas, de noche.
Mientras tanto, a tres kilómetros de donde se encontraba el autobús, Rosa y Javier llevaban veinte horas esperando tras conducir cinco horas desde el aeropuerto. La primera noche en Polonia la pasaron en un edificio de feria de muestras habilitado como campo de refugiados, junto a miles de personas que huían de la guerra. Y a la una de la tarde del día siguiente, consiguieron abrazarse. Rosa se emocionó especialmente al sentir a la abuela y a la tía, que decidieron regresar con sus maridos.
El 26 de abril, miércoles, la joven ucraniana se encontraba nerviosa porque al día siguiente empezaba el instituto en Sangüesa. Sentados en el sofá de casa, los recuerdos de la vida en mitad de la guerra se proyectaban como un negativo fotográfico.
¿Qué imágenes les vienen de los días previos a la invasión?
Rosa: Nos decíamos: ¡no puede ser, no puede ser! Discutíamos que no podía ocurrir. Pero ocurrió. A la mañana siguiente nos despertamos y llamamos.
Javier: Les dijimos que se vinieran todos hasta aquí. Los tíos se habían puesto a salvo en un refugio en Chernígov y allí vivían. Por suerte tenían cobertura. En la aldea de Vika, por el contrario, había poca comunicación. Pasábamos días sin poder hablar.
Rosa: La tía nos contaba la situación por whatsapp y traducíamos por google. Nos daba vergüenza preguntar por la niña, teniendo en cuenta que ella estaba bajo tierra en una ciudad arrasada. Era muy duro mandarle un mensaje cada mañana y esperar que me contestara. Saber si estaba viva o no... Fueron días muy duros en los que íbamos preparando el terreno para poder traer a Vika. Y cuando su tía pudo salir del refugio y vio con sus ojos cómo estaba todo, nos pidió que fuéramos a buscarla.
¿Qué vieron en la frontera?
Javier: Mucha incertidumbre. No sabíamos muy bien dónde llegaría el autobús porque no era un punto fijo. Así que nos presentamos frente a una barrera cerrada, la abrieron para que cruzase un camión y fuimos detrás sin darnos cuenta. A los treinta segundos teníamos a la policía ucraniana detrás con las sirenas (ríen).
¿Cómo fue la espera?
Javier: Volamos el 9 de abril y regresamos a Barcelona el día 11. La noche del 9 estuvimos en el campamento, que es una feria de muestras habilitada para recibir a las personas que huyen de la guerra. Llegamos a las seis de la tarde, pedimos una silla para descansar y carrito de la compra para colocar las pertenencias y la comida que les queríamos entregar. Así estuvimos hasta la una de la tarde del día siguiente.
Rosa: En el campamento están todas las organizaciones humanitarias, no puedes comprar nada con dinero, te dan lo que necesites, y por el megáfono avisan de los autobuses que se dirigen a toda Europa. Lo que más impresiona es ver a la gente seria, abrazada a sus pertenencias, a sus animales. Hay miles y miles de personas. Es impresionante. El 80% son mujeres, niños y niñas.
¿Qué pensaban?
Javier: Piensas que las consecuencias de las guerras solo las pagan los civiles.
Rosa: Yo pensaba en lo bien que estaba organizado: en los policías y militares jugando a fútbol con los niños, en los payasos de una Ong tratando de distraer con espantasuegras, hasta que no te tragas las lágrimas y soplabas no se iban... Y lograban arrancar a una madre una sonrisa, ¡tela!
¿La gente mostraba el sufrimiento de la guerra?
Rosa: No, no. Veías a la gente toda la noche despierta, tumbada en la hamaca con los ojos así de grandes (gesticula) y una manta por encima. Las luces de los focos de la feria estaban siempre encendidas. A veces escuchabas el llanto o el grito de alguien. Pero eran los que menos. Se veía a los niños gritando. Daba la sensación de que la gente estaba abandonada a su suerte. Pero al menos estaban a salvo. Vika podrá contarle lo que se siente al escuchar las bombas.
Al oír a su madre, la adolescente se lleva las manos a la cara con timidez y sonríe abriendo unos enormes ojos azules idénticos a los de su tía.
¿Cómo era tu vida en la aldea?
Soy huérfana, vivía con mis abuelos, iba al colegio, hacía la tarea y después jugaba, todo normal… Mi abuela era la artera del pueblo y mi abuelo agricultor. No teníamos baño en casa y estábamos construyéndolo.
¿Qué asignaturas eran tus preferidas?
Literatura ucraniana, biología… Un poco todo.
¿Cómo están tus amigos?
Muchos han venido a Lumbier (sonríe).
Háblame sobre la guerra.
El 24 de febrero, a las cuatro de la madrugada, nos telefoneó mi tía desde Chernígov y nos dijo que había comenzado la guerra, que estaba a 25 kilómetros de nosotros. Y mi abuela me despertó. Las paredes de casa se movían por los bombardeos. Nos quedamos en casa. Los aviones pasaban por encima...
¿Y los días después?
Mi abuela no podía dormir porque estaba muy preocupada. Los soldados rusos pasaban por una carretera que lleva a Chernígov y a Kiev. A nuestro pueblo no entraron porque está aislado.
¿Salías de casa?
No, no salía.Trataba de estar bien para que mi abuela no se preocupara.
¿Qué comíais?
Tenemos un huerto y de allí sacábamos la comida.La compartíamos con quien no tenía. Bueno, en realidad, siempre lo hemos hecho así en el pueblo.
¿Cómo fue el viaje de salida? ¿Qué guardaste en la mochila?
Documentos, algo de ropa y los libros para estudiar. Por el camino he visto las casas destruidas, muchos soldados nuestros haciéndonos preguntas, había mucha tierra quemada y hundida por las bombas, y muchos tanques calcinados y bombas en el campo.
¿Tienes ganas de empezar el instituto en Sangüesa?
Me da un poco de vergüenza, pero voy con unas amigas de Lumbier y me tranquiliza. Vía online estaré en contacto con los profesores de Ucrania. Allí no hay clases pero los profesores nos ayudan.
Vika, ¿cuál es tu sueño?
Me gustaría poder reunirme con mis tíos y abuelos en Cáseda.
Chernígov es la región de donde proceden la mayoría de los niños de acogida que viajan a Navarra en verano. Allí siguen muchos de estos niños.
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