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Salud

Eduardo Preciado, diagnosticado de ataxia: "No puedes pensar en el mañana, ni en el pasado; hay que ir día a día"

Le cuesta mucho pedir favores, vive solo y todo lo que puede hacer sin ayuda, lo hace

Ampliar Eduardo Preciado, afectado de ataxia
Eduardo Preciado, afectado de ataxiabuxens
Publicado el 25/09/2022 a las 06:00
Cabezón, echado para adelante e independiente. Así se define Eduardo Preciado Biurrun (25-10-1975), diagnosticado de ataxia de Friedrich a los 25 años. Le cuesta mucho pedir favores, vive solo y todo lo que puede hacer sin ayuda, lo hace. “Sé que algún día necesitaré que me ayuden”, reconocen. Mientras tanto, se desplaza desde hace seis años en una silla de ruedas, que pliega para meterla en su coche adaptado cuando conduce. Lleva el freno en al alcance de la mano y el cambio es automático. Los días de lluvia es más complicado porque para guardar la silla en el interior del vehículo tiene que ir apoyándose en su exterior y si está mojado se resbala. Por eso, en estas ocasiones se traslada en villavesa “Lo hago sin problemas. Subo por la rampa y en el interior pongo los frenos de mi silla. Antes tenía que dejar a alguien mi tarjeta para que pagara pero ahora han colocado la máquina de manera que puedo acceder al pago”, explica sentado en su silla de ruedas.
Eduardo Preciado estudió una Formación Profesional de electricidad, pero trabajaba con un camión. Empezaron a hacerle pruebas cuando, con 23 años, su hermana enfermera empezó a notarle que andaba de manera algo rara. Él no se sentía dolor, aunque sí se sentía más cansado que el resto cuando iba al monte, una de sus grandes aficiones que le ha arrebatado la enfermedad. “Después de una semana ingresado para hacerme diferentes pruebas, me dijeron que tenía una enfermedad neurológica a la que había que poner nombre. Me advirtieron que tendría que ir pensando en cambiar mi forma de vida”, relata. Continuó trabajando con el camión hasta 2005, porque se encontraba bien de salud. Por eso, al principio no le dio demasiada importancia y no asimilaba que la enfermedad fuera con él. Hasta que con 25 años le tuvieron que conceder la incapacidad laboral. Tuvo que aparcar el camión para siempre. “Los primeros años podía ir a nadar y a hacer deporte. Pero con el tiempo iba perdiendo el equilibrio, necesitaba irme apoyando y fui andando cada vez menos, hasta que cogí la silla”, explica.
Igual que cada vez era más difícil andar, para hablar también empezó a tener dificultad. En una carrera organizada por unos amigos en Villava a favor de la enfermedad, le pasaron el micrófono porque querían dar voz a los afectados. Grabaron su intervención y al escucharse fue cuando se dio cuenta de que le costaba hablar y de que lo hacía despacio y vocalizando poco. Pero, Preciado no lleva mal su enfermedad, según reconoce él mismo. “Al revés, he conocido a mucha gente que se ha interesado por mí y que se han involucrado con mi problema”, apunta.
A pesar de todo, se considera un privilegiado. “Dentro de la mala suerte de estar afectado por la enfermedad, al haber trabajado y cotizado tengo una pensión con la que puedo pagar la rehabilitación. Hay a quien se la tienen que pagar su familia o no hacerla. A mí en la Seguridad Social nunca me la han ofrecido. Así que la pago y si no me llega no voy de vacaciones y ya está. Prefiero gastarme el dinero en eso que en cenas”, dice.
Por eso, le parece que tendría que haber ayudas para la rehabilitación. “No para mí, sino para los que no pueden pagarla”, afirma. En cambio, sí que ha recibido una ayuda del 90% para comprar su última silla de ruedas. Y considera que en temas de accesibilidad urbana, Pamplona está mejor que otras ciudades en las que ha estado.
Su tiempo lo distribuye entre la rehabilitación, a la que acude tres días a la semana, y la natación, que disfruta practicándola otros tres días. También le gusta ir por las tardes a Galar, donde su familia tiene casa y huerta, y salir con sus amigos. “No me aburro”, dice sonriente. “He asimilado que hay cosas que no puedo hacer, como ir al monte y cazar, aficiones que me gustaban mucho. En el momento me fastidia, quizá sea lo que más me costó. Sé lo que tengo, que el día de mañana estaré peor y que necesitaré más ayuda, aunque no se puede saber porque la degeneración avanza en cada cuerpo de forma diferente. Si la gente tiene que centrarse en el día a día, nosotros más. No puedes pensar en el mañana. Tampoco en el pasado, claro. Día a día. No me quejo”, concluye.
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