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Rocamador, medio siglo en danza en Sangüesa

El grupo de Sangüesa cumple 50 años trabajando por preservar y divulgar el folkore, en especial el de la merindad, a través de la danza. Con motivo de la efeméride, varios de sus miembros repasan su origen, sus particularidades y los momentos clave de su prolongada trayectoria.

Ampliar Reciente actuación del grupo de danzas Rocamador de Sangüesa en Liédena, celebrando el centenario del C.D. Aurrera. Con su traje más reconocido, interpretó la ‘Jota Vieja de Sangüesa’.
Reciente actuación del grupo de danzas Rocamador de Sangüesa en Liédena, celebrando el centenario del C.D. Aurrera. Con su traje más reconocido, interpretó la ‘Jota Vieja de Sangüesa’.GOÑI/CASO
Publicado el 10/04/2022 a las 06:00
En su saco abarrotado, el carbonero más querido por niños y mayores dejó un presente muy especial en su primera visita oficial a la ciudad de Sangüesa. Su propia kalejira, podría decirse, fue un regalo inspirador. Era 24 de diciembre de 1971, Nochebuena, y Olentzero recorría las calles en un desfile popular del que la pasada Navidad se conmemoraba el 50 aniversario. Esa noche, un joven de 23 años, Juan Pedro Aramendia García, que acababa de regresar de la mili, vio pasar la comitiva justo delante de su casa de la calle Mayor, donde radicaba la pastelería familiar. “En el cortejo, junto a Olentzero, había un grupico de niñas vestidas de ‘poxpoliña’ bailando lo que podían”, recuerda hoy, cumplidos los 73 años. Y evoca también cómo ese hecho le motivó a dar un siguiente paso. “Llamé a mi amigo José Javier Abadía y le planteé juntarnos tras la Navidad para formar un grupo de danzas estable”. En esa reunión, que “habría tenido lugar el 7 u 8 de enero de 1972”, se sentaron las bases para el nacimiento de Rocamador Dantza Taldea. Un grupo que alcanza este año su medio siglo de existencia y que ha venido trabajando por preservar y difundir el folklore a través de la danza, con especial interés en la música y coreografías de la Merindad de Sangüesa. Una agrupación con solera, reconocida dentro y fuera de la ciudad, que se dispone a celebrar sus cinco décadas en activo como merecen, sin olvidar sus orígenes y su legado.
En Sangüesa se bailaba mucho, sobre todo a nivel popular. Y había mayores que nos contaban que habían sido dantzaris”, evoca José Javier Abadía Espila, hoy de 73 años de edad, que aceptó el reto de Aramendia y formó parte de los inicios de Rocamador junto con una quincena de jóvenes. Desde el origen, fue un grupo mixto de mujeres y hombres.
Juan Pedro Aramendia, por su parte, recuerda cómo su abuelo y su padre bailaban “de una manera popular”, al igual que después sus hermanas, uno de sus hermanos y varios amigos. Y recalca que “si había grupos de danzas, se creaban de forma puntual”. “Yo los recuerdo del Círculo Carlista, de los Hermanos Terciarios Capuchinos, de Acción Católica o de la Sección Femenina. También tenía uno el Batzoki de la calle Mayor”, enumera.
“En los pueblos se mantenía con cierta normalidad que se bailaran danzas vascas, sin achacarlo a nacionalismos. Luego, todo cambió...”, asegura aportando fotografías en blanco y negro fechadas en Sangüesa entre los años 30 y 60 del siglo XX con grupos de dantzaris vestidos con trajes clásicos de fiestas (blanco y rojo). “Aunque tuvimos algunos impedimentos, seguimos adelante. No buscábamos una reivindicación política, sino mostrar el folklore de nuestra tierra”, defiende asimismo Abadía, que permaneció en el grupo la primera década. Aramendia, por su parte, sigue hoy vinculado al mismo.
Pese a disponer de esas referencias previas en la ciudad, quisieron dotar a este nuevo grupo de personalidad y rigor. “Queríamos bailar cada cosa como era, así que nos fuimos informando de cómo se bailaban de verdad ciertas danzas. Por ejemplo, aquí las chicas de la Sección Femenina bailaban una sagardantza con manzanas cuando la original, de Baztan, era danza de hombres”, afirma Abadía. “Nos documentamos con mucha gente, hasta con un cura de Jaurrieta”, añade. Aramendia matiza que lo que se veía bailar entonces eran “versiones muy enrevesadas de lo que se consideraba folklore en esa época”, y agradece el respaldo que obtuvieron en sus primeros pasos de “amigos del Muthiko y de Oberena, e incluso de la Sección Femenina de Pamplona”.
Esa etapa inicial fue “muy bonita”. “Pero también ensayábamos mucho, casi a diario, porque nadie sabía nada”, repasa Aramendia. Comenzaron en una sala del Círculo Carlista y, a las pocas semanas, llegó su primera actuación.
“Un txistulari sangüesino, Alberto Aisa, que era muy movido, nos cogió una actuación sin consultarnos para principios de marzo, a solo dos meses de haber empezado. Fue para bailar en la explanada del Castillo de Javier el día de la Novena de la Gracia que correspondía a Sangüesa. Fuimos 8 parejas, no había más. Y fue una actuación desastrosa, no habíamos tenido tiempo de ensayar lo suficiente. Más vale que no había mucha gente...”, recalca Aramendia. Así las cosas, el grupo se conjuró para seguir ensayando y decidió no salir a bailar hasta las fiestas de septiembre.
ENSAYAR SILBANDO MELODÍAS
De aquellos ensayos se encargaban Aramendia y Abadía. “Cuando no venía gente de apoyo, aprendíamos en Pamplona y después se lo comunicábamos al resto. Ensayábamos con música en directo, o silbando. Ahora puedes poner un teléfono móvil enganchado a un altavoz y elegir la canción que quieras, pero entonces no”, compara Aramendia. “También tuvimos un magnetófono cedido por los curas. Yo me aprendía la música como podía, incluso apuntando en un cuaderno, y luego se la cantaba al txistulari sangüesino Luis Mª Vital Sevillano. Me la corregía según su parecer y grabábamos las melodías”.
Precisamente el trabajo conjunto entre Aramendia y Vital, uno con las coreografías y otro con las melodías, dio origen a algunas de las danzas más reconocidas del grupo, como ‘Cantarico’, creada hace 44 años. “Es la primera danza propia que hicimos. Si se puede, se baila portando cántaros de cerámica. Vital adaptó música para txistu del compositor Buenaventura Íñiguez, de Sangüesa, fechada en 1870”, indica Juan Pedro Aramendia.
“Es quizá la partitura más querida por el grupo”, agrega Unai Vital Amuchástegui, de 47 años, 32 de ellos como dantzari en Rocamador. Hijo de Luis Mª Vital, recuerda otros hitos como fijar la coreografía de la ‘Jota Vieja de Sangüesa’ “a través de un refundido de diferentes maneras que había de bailarla de forma popular en el Prau en fiestas”. “Es la danza estandarte del grupo, y de la ciudad, y ahora somos capaces de enseñarla de forma uniforme a otros grupos”, apunta. Con los años, la nómina de danzas propias de Rocamador se fue incrementando con el ‘Ingurutxo de Sangüesa’, ‘Polka Rocamador’ o ‘Zorronpo’, “la mayoría con música de Luis Mª, coreografía de Juan Pedro y aportaciones del resto”, asegura Unai Vital.
“Es importante tener danzas que te representen en esencia. Hay otras más movidas y espectaculares, pero estas son las nuestras, y eso la gente lo valora”, cree Vital. Además, poco a poco se acercaron también a diversas danzas de la Merindad de Sangüesa como el ‘Ttun-ttun’ de Isaba y Uztárroz, el ‘Axuri Beltza’ de Jaurrieta, o las propias de los Danzantes de Ochagavía y de los Bolantes de Valcarlos, sin descartar aprender otras de distintas zonas de Navarra, Guipúzcoa, Vizcaya...
“También entramos en la Federación de Dantzaris de Navarra en 1978, y eso nos posibilitó aprender muchas danzas como La Era, mutildantzas, el Zortziko de Lantz, etc. Y con los años nos fuimos inventando otras más, como biribilketas para jugar entre nosotros”, dice Aramendia.
De forma vinculada al aprendizaje y consolidación de distintas danzas, Rocamador apostó desde el principio por dotarse de unos trajes que lo representaran. “En las primeras actuaciones íbamos de blanco y rojo (txapela, faja y alpargatas, de fiestas), y las chicas de ‘poxpoliña’. Era lo que había en las casas y los trajes que empleaban otros grupos. Pero queríamos una imagen más exclusiva”, indica Aramendia, recordando aquí anécdotas como la vivida en las fiestas de 1972, cuando “todas las chicas se pusieron de acuerdo para salir a bailar con la falda recogida por encima de la rodilla, con unas minifaldas impresionantes, en contra de lo acordado”.
El primer traje propio, con el que hoy más se identifica al grupo Rocamador, combina los colores negro, rojo y blanco, y se estrenó en un festival el 29 de abril de 1973 en el frontón de Cantolagua. “Fue con motivo de la fiesta de Quasimodo (domingo posterior a Pascua de Resurrección), en la que había gran costumbre de comer con amigos en las huertas”. También ese mismo año, y por votación, se eligió, “no sin polémica interna”, el nombre de Rocamador. “Hubo sobre la mesa otras opciones, nombres en euskera más generalistas, pero fue elegido este porque suena bien y es representativo. De hecho, se nos reconoce allí donde vamos”, señala Aramendia. En Sangüesa hay una talla gótica de la Virgen de Rocamador en la iglesia de Santa María y su culto podría haber llegado a través del Camino de Santiago desde Francia
Este primer atuendo propio es el que el grupo conoce como “traje del siglo XVIII”. “Aunque nos acusaron de algún valle pirenaico de copiarles el estilo, lo cierto es que lo basamos en dibujos históricos como uno de Sangüesa del siglo XVIII con una comitiva pasando por el puente, y otro que había en la antigua Diputación foral con una diligencia en Liédena y mujeres de Sangüesa esperando vestidas así”. Añade Aramendia que también les “inspiró” un cuadro de la iglesia de Santa María “referente al milagro de las langostas de San Francisco Javier y con hombres con medias blancas y rojas, y calzón corto”.
Alude asimismo a “referencias a este tipo de atuendos en textos del historiador sangüesino Vicente Villabriga y en escritos de los pelaires (antiguo oficio textil) que decían que los trajes de los sangüesinos eran de color negro ‘zezeno’ (zezen es toro en euskera)”. Y, con el paso del tiempo, accedieron a prendas que confirmaban el acierto de su traje. “Tengo un corpiño de Sangüesa de 1840-50 clavado al que usan las mujeres del grupo”, asegura.
DANZAS EN POLONIAS Y RUMANÍA
Con el paso de los años, y como forma de poder “ampliar el abanico de danzas”, Rocamador se fue dotando de otros trajes. En 1985, cuando participó en un viaje a Polonia para acudir a un festival de danzas (de la mano del grupo Larraiza de Estella), se estrenaron los trajes alusivos a las danzas de Ochagavía. Después, para otro festival en 1993 en Rumanía, llegaron los de las danzas de Valcarlos y la Baja Navarra. Más recientemente, se incorporaron los llamados “trajes de ingurutxo”, que evocan ropajes de la Sangüesa de principios del siglo XX, y también los trajes para las ezpatadantzas que se bailan, desde 1999, en la festividad del Corpus Christi (recuperando las que se habrían dejado de bailar en la segunda mitad del siglo XVIII).
“Siempre hemos bailado cada danza con su traje correspondiente, como debe ser. Así, a partir de Polonia y Rumanía ya pudimos afrontar festivales de una forma diferente. Antes eran de 20-25 minutos, y pudimos pasar a realizarlos de 1 hora o más”, repasa Juan Pedro Aramendia.
Paso a paso, el número de actuaciones tanto en Sangüesa como fuera fue creciendo. “Gustábamos porque éramos un grupo diferente. De echo, algunas veces al ver que no bailábamos en desfile, sino que íbamos del brazo, a algunos les hacía gracia y decían: ¡Ya vienen los de la boda!”.
Entre los principales hitos del grupo, destaca Aramendia el haber podido acudir ya en 1974 al Festival de danzas de Basauri, “actuando ante centenares de personas en el campo de fútbol y con 14 grupos de toda Euskal Herria”, o bailar en el Labrit de Pamplona con Oberena, “que entonces era el no va más”, a los pocos años de empezar. Recalca también los viajes realizados a Polonia, Rumanía, Bretaña, Granada (La Puebla de Don Fadrique)... y actuaciones en Gijón o Barcelona. “Bailamos en las Ramblas”.
Considera Aramendia, tras medio siglo, que el momento álgido de Rocamador “se vivió entre los viajes de Polonia y Rumanía”. “Estábamos muy bien y bailábamos muy bien. Eso sí, nunca hemos tenido la clase del grupo Duguna de Pamplona, y siempre hemos bailado más vasto que los amigos de Ochagavía. Hemos sido naturales, sin buscar una exactitud. Nuestra disciplina era repetir y que pareciera que éramos un grupo compacto. Nunca hemos sido un grupo perfeccionista”, cree.
Indica además que “técnicamente, la segunda generación que entró bailaba mejor”, pero coincidió con que “el grupo estaba algo debilitado pues a raíz de Polonia y Rumanía había unas 30 actuaciones al año, y eso quemó a la gente, a novios y novias, mujeres, jefes, etc.”. “Ahí empezó a bajar no el nivel de danza, sino de presencia”.
Destaca Aramendia que “en los últimos 20 años sigue habiendo gente muy fiel y que baila muy bien”, pero también que “ha ido todo un poco para abajo y es complicado que entre alguien”. “Nos vamos manteniendo muy justos, con imperdibles. Y encima, para fastidiar, llega esta pandemia”. Rocamador suma hoy una veintena de miembros (10 parejas) de entre 23 y 73 años. Antes llegaron a contar con hasta 40 integrantes. Ellas tienen presencia en rangos de edad más variados, mientras que el perfil de los hombres es “más veterano”.
“A ellos les cuesta participar. Está ese pensamiento erróneo de que ‘bailar es de chicas’, y también frena el compromiso que supone. Pero yo animo a todo el mundo a conocer lo que hacemos y a probar”, expone Vanessa Muñoz Estabolite. A sus 25 años, lleva desde los 10 ligada a Rocamador, al que llegó “por una amiga”. “He aprendido mucho de todos los compañeros, disfrutado de los viajes y las actuaciones... El grupo es muy variado y permite conocer a mucha gente”, asegura.
Rocamador cuenta en Sangüesa con un público “fiel”, considera Vanessa Muñoz, y Juan Pedro Aramendia apostilla que “cada vez que se actúa en un local cerrado, se llena”. “En el frontón de Cantolagua, en el cine cuando cabían 900 personas... Y en el Auditorio del Carmen, en un reciente festival en favor de niños enfermos de la zona, llenamos hasta 2 sesiones”, indica.
“Creo que en Sangüesa somos un grupo querido”, apostilla Javier Landarech Del Castillo, de 55 años y dantzari desde los 17. “Me gusta bailar y el compromiso que tenemos por hacer perdurar nuestro folklore y transmitirlo a nuevas generaciones y a otros grupos de danzas”, añade. Y, de las actuaciones fijas del año, se queda con la del Corpus. “La procesión y los bailes son algo muy selecto”, indica.
UN ÚNICO E INSÓLITO PREMIO
Además de sus ensayos propios, Rocamador ha venido ofreciendo cursillos para niños y mayores. Hasta la pandemia, Vanessa Muñoz, Pablo Blanco y Unai Vital ensayaban a una treintena de txikis de 6 a 12 años. Los grupos de adultos los llevaban Juan Pedro Aramendia y Ruth Baigorri. Así fue como accedió al grupo hace una década Marian Gómez Llamazares, de 50 años, catalana afincada en Sangüesa. “Me encantan las danzas y me apunté con mi marido a un cursillo para mayores. Me llevé muchas risas, una calidad humana excepcional... Y me ayudó a conocer gente del pueblo. Luego, al parecer, lo hacía bien, así que me animé a seguir”, asegura.
Y como no habría danza sin música, parte importante para Rocamador son los txistularis que les acompañan. Los habituales son hoy Luis Mª Vital, de Sangüesa, y Ricardo Madinabeitia y Aitor Huarte, de Pamplona. “La relación es muy buena. Siempre son más formales que nosotros”, ironiza Aramendia. Cuando requieren de gaiteros-fanfarre, acuden a Tiriki-Trauki, que lidera Íñigo González, de Pamplona. “Todo sin olvidar a otros txistularis clave en nuestra historia como Mercedes Osés, Patxi Aoiz, Alberto Aisa, Amaia Domeño, Roberto Landa, Dabid Maruri... o el acordeonista Alberto Sagüés”, enumera.
Cumplido el medio siglo de trayectoria, uno de los impulsores de Rocamador, José Javier Abadía, resalta que el grupo “ha llegado a ser uno de los más importantes, reconocido allí donde va”, y destaca que “ha contado con un activo muy importante como ha sido Juan Pedro, que ha tirado siempre del carro”.
Son innumerables las anécdotas vividas estos 50 años por los miembros del grupo, como el año en el que una protesta vecinal contra el consistorio provocó que “a última hora” sus integrantes tuvieran que sacar a San Sebastián en procesión, o cuando ganaron su “primer y único premio”. Fue en 1987, en Santesteban... en un concurso de canto. Aún conservan la copa.
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