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OPINIÓN

Prefiero ser un árbol que un calcetín

Avatar del undefinedIsabel González06/04/2018
No hace tanto la gente se miraba en los árboles y se veía en los árboles. “Así soy yo. De vigoroso tronco y exuberante copa”, nos identificábamos con un buen roble un buen día. “Ése soy yo. Un maldito leño seco”, nos llamábamos otro. Por supuesto, la elección dependía del grado de autoestima conforme al cual escogíamos un ejemplar. Aunque no del todo. Para verse no hace falta solo mirarse sino que nos miren y ciertos árboles y ciertas esquinas, al margen de nuestra decisión, formaban parte de nuestro entorno. Sabían cómo éramos. Todavía queda algún recodo tenaz al que saludar cada mañana, pero las cosas están cambiando muy rápido. Los letreros caen, las fachadas modifican su color, dormimos en la Conchinchina, despertamos en Villaconejos y lo único estable son las máquinas de aperitivos en los pasillos oscuros. Justo esta tarde he sacado una chocolatina de una de ellas y me he quedado mirándola. Una franja amarilla en la parte inferior de su envoltorio, tradicionalmente marrón, anunciaba que me estaban regalando un veinticinco por ciento más. Me ha sorprendido tal generosidad, sobre todo porque la chocolatina, que yo recordara, siempre había tenido ese tamaño. ¿Cómo podían regalarme un veinticinco por ciento sin aumentar su tamaño? He barajado diversas teorías científicas y de la física cuántica he pasado a terrenos más frecuentados como el detergente. Existen lavavajillas concentrados que con un tapón resuelven lo que otros con cuatro, así que quizá esa chocolatina poseía una densidad superior a la habitual y de ahí que pudieran regalar el veinticinco por ciento sin aumentar su longitud. La he abierto con cuidado, la he saboreado con atento deleite, no he descubierto ninguna intensidad especial y, por lo tanto, solo caben dos hipótesis. O la franja amarilla de la chocolatina no respondía más que a un burdo recurso publicitario; o, de un modo bastante retorcido, la franja amarilla anunciaba que en un futuro cercano iban a recortarle justo ese trozo. Un veinticinco por ciento de regalo respecto al porvenir en consecuencia.
He acabado la chocolatina, he vuelto a la reunión, he tomado notas, he estrechado manos, he pedido un taxi, he llegado al hotel, me he quitado el traje y, sentada en el borde de la cama, me he descubierto desnuda y con los calcetines puestos. Unos calcetines amarillos. Como la franja de la chocolatina. En ellos no ponía veinticinco por ciento, pero he empezado a temblar, pues de repente he concebido que esa parte de mi cuerpo tan solo suponía un regalo. Una extensión de mi verdadero cuerpo que en realidad tan solo abarcaba de la cabeza a las rodillas, y de rodillas para abajo ya veremos. He pensado en muchas cosas. En amputaciones provocadas por las minas. En el comercio de armas. En el comercio de chocolatinas. En niños sin piernas. En chocolatinas amputadas. Las ideas se fusionaban de un modo aberrante. Me he arrancado los calcetines, he apagado la luz y me he metido en la cama. “Yo no soy una chocolatina”, he reído en la soledad del cuarto. Una carcajada falsa en cuanto la colcha, de un blanco crudo, ha empezado a adquirir tintes pajizos con el reflejo de las farolas. Todo mi cuerpo salvo la cabeza estaba cubierto por una franja amarilla de regalo. Intento dormir sin calcetines y sin colcha, pero no me atrevo a cerrar los ojos. Tengo frío. Mañana mismo me voy al campo. A mirarme en los árboles.
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