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OPINIÓN

"Llevar mascarilla no será una cuestión sanitaria, sino de buena educación, para no contagiar a los demás"

Desde ayer, volvemos a notar el viento en la cara, como si fuéramos los protagonistas de un anuncio de colonias de verano, de eléctricas renovables o cervezas mediterráneas. Tenemos permiso para ir sin mascarilla por la calle (según y como), pero mientras escribo estas líneas en la mañana del sábado, la mayor parte de las personas que veo por la calle siguen llevándolla. Muchos de los que van descubiertos miran con una mezcla de desconcierto y sorpresa a los enmascarillados, como si no entendieran que pudiendo prescindir de ella se la pongan.
¿Quién dejaría de utilizar el cinturón de seguridad si mañana se decretase el fin de su obligatoriedad? En menos de un año, hemos interiorizado el uso de la mascarilla hasta que se ha convertido en un automatismo parecido al de calzarse. El otro día veía a un niño muy pequeño, que no tendría un año, en brazos de su madre. En uno de esos juegos habituales con los pequeños, ella estaba saboreando un pedazo de comida que le había dado el crío. Pero lo más llamativo es que, en el momento en que ella dejó de decir ese “¡qué rico!” del juego, el pequeño empezó a subirle la mascarilla.
Hemos descubierto que la mascarilla (sumada al resto de las medidas de precaución a las que nos hemos visto obligados) acabaron el pasado invierno con gripes y catarros. El Baluarte, habitualmente bullicioso durante los conciertos con carraspeos, toses y expectoraciones de diferente calibre y calidad, parecía en los últimos conciertos a los que he ido un espacio alegremente silencioso. No estaría de más pensar en exigir una prueba de antígenos de enfermedades comunes antes de ir a escuchar música clásica, y prohibirles la actividad definitivamente, con una exclusión perpetua, a quienes desenvuelven lentamente un caramelo. Sobre todo, a quienes no lo hacen cuando la orquesta demuestra su poderío con los metales y la percusión desarrollando un fortissimo, sino que esperan a que llegue a un momento delicado, en el que solo debe oírse un violín o una flauta, para abrumarnos a todos con el crujir del celofán, a pesar de las miradas de odio que despierta en sus compañeros de asiento.
Hace tres o cuatro años, antes de que se desatase la actual pandemia, veíamos en la televisión las calles de Tokyo, Pekín o Bangkok llenas de gente que llevaba mascarilla con extrañeza y una cierta aprensión. Nuestra propia actitud nos hacía pensar que eran unos exagerados por no querer contagiarse de un catarro o una gripe, o protegerse de la contaminación; lo cierto es que en muchas sociedades asiáticas en las que el concepto de bien común está más desarrollado que en las nuestras la mascarilla se llevaba para no infectar a los demás.
Tal vez a partir de ahora, o de unos meses, la mascarilla no sea tanto una cuestión sanitaria, como de buena educación y que, incluso con el covid-19 bajo un relativo control, volvamos a cubrirnos al primer síntoma de un resfriado. ¿Qué estaremos dispuestos a hacer para proteger a los demás? ¿Qué nos exigirán las buenas costumbres? Obligaciones legales al margen, me da la impresión de que seguiremos cubriendo nuestra cara durante mucho tiempo, como una cicatriz que nos recordará la fragilidad de nuestra salud.
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