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"Fue fotógrafo en Vogue y Elle hasta que decidió recorrer el mundo"

Al igual que otra gente, colecciono vocaciones frustradas: guitarrista de blues, fotógrafo, pintor formalista abstracto, naturalista, piel roja, qué sé yo… Entre ellas no está la abogacía, la medicina o implantar molares. Tampoco el sacerdocio, Dios me libre, ni la política; antes muerto que sencillo. Este breve preámbulo de frustraciones personales tiene su contrapartida. He conocido en persona a buenos fotógrafos, pero a ninguno como Eduardo Marco (1970). Un artista hispano-brasileño que a los diecinueve años ya era asistente de los mejores fotógrafos de moda de Nueva York y Londres. Fue fotógrafo en Vogue y Elle hasta que decidió recorrer el mundo. Es alto, irradia energía -un amigo común lo llama “El huracán carioca”-, tiene los ojos muy abiertos y ama la vida y la literatura. Su último libro, Óxido, prologado por Ray Loriga, lo ha editado Turner, y ha merecido el Premio al mejor libro editado en 2020. En Óxido Marco muestra una selección de fotografías tomadas en Ankara, Tokio, Brasil, Delhi y Jaipur. En ellas hay ventanas que enmarcan una belleza hecha desde los escombros. Se diría que Eduardo Marco sabe que los huesos blanqueados bajo la piel apergaminada de una vaca muerta merecen el mismo trato que el rostro de una modelo de alta costura. Esa, intuyo, es su poética. Me gustan sus fotografías porque explora: junto al rostro endurecido de un trabajador de Delhi hay un coche cubierto de polvo o una pared cuyos colores invitan a bailar. Intuyo que en su fotografía hay una dicotomía que es parte de su forma de estar en el mundo: mira las ruinas para rescatarlas, observa lo oxidado, lo pútrido y nos lo muestra con una nitidez que hiere y acaricia al mismo tiempo. Pueden ser dos luchadores de sumo, un caballo blanco muerto sobre una tierra volcánica; un grafiti hindú que parece una fiesta de trazos. Coincido con la apreciación de Almudena Cruz, especialista del Museo Reina Sofía: “La mirada de Marco rescata la belleza prístina del loto prendida en el charco del lodo”. Para eso, en efecto, sirve el arte.
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