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"He estado malo y alicaído, y no lograba arrancar con este artículo"

Avatar del Pedro CharroPedro Charro21/11/2021
He estado malo y alicaído y no lograba arrancar con este artículo, no encontraba tema, pues el mundo exterior pierde todo interés cuando el cuerpo manda, y de pronto he visto que Foenkinos, el escritor de La delicadeza -esa novela que fue llevada al cine con Audrey Tatou, la de Amélie- tiene un recurso cuando se bloquea que le sirvió para escribir su último libro, que consiste en salir a la calle y contar la historia de la primera persona que encuentra, que en su caso fue Madelaine Tricot, una anciana costurera que, conforme va hablando, resulta que trabajó para Karl Lagerlfeld, y tiene un montón de anécdotas jugosas, pues si tiras del hilo casi todo el mundo tiene un pequeño tesoro escondido, una historia única, solo hay que acercarse y escuchar. La idea que hay detrás de esto, aparte de jugar con los caprichos del azar, tan literario, es que cualquiera puede ser objeto de una novela, aunque su vida sea nimia, pues lo nimio puede ser universal, y que al escribir es mucho más importante el cómo que el qué, algo que desmiente esa idea extendida de que se necesita una vida apasionante para contarla en una gran novela, pues lo máximo que saldría es un folletón. Para una buena novela no se precisa salir de la habitación. Yo he practicado mucho el método de Foenkinos de contar lo primero que pasa, aunque sea un gato, pero en realidad es una manera de ir encajando cosas que uno tenía ya pensadas, como si completara un puzzle. Foenkinos hace esto de forma admirable, y con su personaje va de aquí a allá, e incluso se mete él mismo en sus páginas. Eso me recuerda a Emanuel Carrère, otro escritor francés, reciente premio Princesa de Asturias, que escribe siempre de sí mismo y se impone la obligación de contar toda la verdad, sin eludir nada. Yo he leído su libro Yoga donde habla de cómo el yoga y la meditación le han ayudado en su vida, bastante atormentada, y entre otras cosas relata con crudeza cómo se sumergió en una grave depresión melancólica que le llevó a ser internado en el hospital de Sante Anne, en París, por cuyos jardines, imaginemos, vería pasar un día a Mme. Tricot, esa mujer llena de sorpresas.
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