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"Desayunábamos todos los días con un nuevo escándalo de corrupción, un atentado, un suceso espeluznante"

Fueron años apasionantes para cualquier periodista, tanto si eras un pipiolo recién llegado de la universidad como un corresponsal con el culo pelado. Sobre todo, si tuviste la suerte de ver cómo despegaba un periódico nuevo con un director tan peculiar como Pedro J. Ramírez. El otro día le escuché hablar en la radio, pues ha publicado una suerte de memorias en las que rememora aquellos años en que un periódico era capaz de derribar a un gobierno. Cuando entonces, desayunábamos todos los días con un nuevo escándalo de corrupción, un atentado, un suceso espeluznante. Nada nuevo, en realidad. Las jornadas de trabajo rara vez bajaban de las doce horas y, en los inicios, se libraba un día cada quince, o dos si tenías suerte. Pedrojota aparecía por la redacción con su blanca palidez, tirantes verdes, maletín transparente y tonsura. A mediodía llevaba unos auriculares que no se quitaba ni en el baño. Tengo testigos. Era capaz de levantar una portada a las tres de la mañana y poner firmes a un jefe de sección a primera hora del día siguiente. Cuando un tema iba en portada, gritaba: “¡Espectacular, lo quiero espectacular!” Y tú tragabas saliva. La redacción le temía y admiraba. Cuando se tomó unas breves vacaciones en Irlanda, quien lo había llevado al aeropuerto entró y gritó: “¡Confirmado: Pedrojota ha tomado el avión!”, la redacción explotó en gritos y aviones de papel, como una clase de alumnos sin profe. Un año en aquel periódico era un máster acelerado en primera línea: la caída del Muro de Berlín; Puerto Urraco; la invasión de Panamá; las investigaciones sobre el GAL; el exorcismo de Almansa… No había móviles, no había internet. Aquella redacción olía a tabaco, la gente se casaba y divorciaba, y las primicias se celebraban en el bar de la esquina. Vi a Forges dibujar sus viñetas y a Carlos Boyero escribir sus críticas de cine. Entonces nadie podía prever la que se le vendría encima a la prensa escrita. Sigo leyendo el periódico en papel. No hay nada como el olor a tinta por la mañana.
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