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La cola del pasaporte covid produce desconcierto

Avatar del Jose MurugarrenJose Murugarren05/12/2021
En la cola del pasaporte covid un niño ha descubierto que los reyes son los padres. Uno, desde fuera, podría pensar que una cola es una sucesión anodina de seres humanos en fila india. Pero no. En esas colas se aprende mucho. Se percibe la humedad del otoño que insufla el frío bajo las zamarras. En la fila se comenta la imprevisión del Gobierno que decreta un día la obligación del pase covid en restaurantes y discotecas para reducir contagios y es incapaz de habilitar al siguiente una solución proporcionada. Una cola es una realidad que produce asombro. La perplejidad de quienes esperan largos turnos para conseguir un simple papel o la del niño que acaba de escuchar que los reyes son los padres. En la cola se habla de todo. Una mujer cuenta que necesita el pase covid porque se va a Galicia de puente. Y teme que se lo reclamen en el restaurante adonde proyecta ir a comer centollo y vieiras. Otra dice que a quien le urge es a su hijo sin saber que si es su hijo quien necesita el certificado es él quien debería solicitarlo.
Una cola es una realidad sorprendente. Una anomalía. Un procedimiento que dice mucho de la urbanidad de quien la sufre bajo la lluvia o el frío y poco de la incompetencia de quien la provoca. La del pasaporte covid deja al descubierto la insuficiencia de la respuesta. La administración con más funcionarios de la historia es incapaz de atender adecuadamente los problemas cotidianos.
-”Faltan médicos , -dice un hombre que lleva en la cola un rato-, y por eso hay problemas en los centros de salud y en los hospitales. Por eso aumentan las listas de espera. ¡Pero funcionarios! Si tenemos funcionarios a espuertas reforzados con interinos... ¿No son capaces de resolver algo tan de andar por casa como esto?”
Hay un señor que dice que necesita el pasaporte covid urgentemente para llegar a una cena apalabrada hace semanas en un restaurante que ahora lo exige. Lleva 50 minutos en la calle. Una chica que va de discoteca el sábado cuenta que toda la cuadrilla cena primero y baila después. Que arrastra ya tres cuartos de hora en la fila y que no había esperado tanto ni para ver a los cantantes de Operación Triunfo en el Navarra Arena.
Descubrir una cola en la que se pide un pasaporte que acredita que uno está vacunado de un virus mientras corre riesgo bajo el frío de contraer otro es una realidad paradójica. El mismo gobierno que a usted se lo exige para tomarse el fin de semana un chuletón en un restaurante le abandona a su suerte en la calle. Al menos, al niño que escucha que los reyes son los padres le queda el consuelo de que papá y mamá siempre fueron pajes de bandera de Melchor, Gaspar y Baltasar. Y él lo intuye. A quien espera y cuenta los minutos mientras el frío va tomando posesión de sus pies y luego con la humedad se le extiende por las piernas, el cuerpo y los huesos, a ese pobrecito le queda abrocharse y respirar profundo. Si antes de lograr el pasaporte la gripe ya le amenaza con atrincherarse en la garganta podrá telefonear o acercarse al centro de salud . Por cualquiera de los dos procedimientos tiene garantizado que hará cola. Una cola es una realidad de otro tiempo que produce desconcierto. Pero se aprende mucho.
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