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“En literatura la chulería cotiza al alza y crea escuela, pero en política mucho más”

En cierta ocasión, le pregunté a Julio Llamazares cómo era Juan Benet. Su respuesta sonó como un portazo: “Era un chulo.” Le creí. Un escritor tan inteligente y pagado de sí mismo era alto, anglófilo y, sin duda, muy impertinente. En literatura, la chulería cotiza al alza y crea escuela, pero en política mucho más. Hay una chulería de tonito insidioso, como la de Isabel Díaz Ayuso, que se da aires de vecina que saluda en la escalera aunque luego, con esa mirada entre lánguida y vampírica, muerda en la yugular del alcalde de Madrid. Almeida usa mascarilla de chulapo, pero de chulo tiene lo que yo de astrofísico. Hay una seriedad que se confunde con chulería, como la de Adolfo Suárez, que hablaba siempre para la Historia, fija la mirada en la cámara, con tono en blanco y negro, pétreo y abulense. Pero en cuestión de chulería callejera hemos ganado muchos enteros para satisfacción de quienes estudian la comunicación política. Tuvimos a Corcuera, que desprendía un saber estar de tintorro y ración de callos. La cosa no fue a mejor con José María Aznar, que inauguró un nuevo chulo en la política española, el de estilo chaleco acolchado verde oliva y yo no me despeino jamás. Esa actitud me ganó el día en que ETA explotó una bomba al paso de su coche oficial y salió sacudiéndose el polvo de la americana. Pero con el tiempo se fue aznarizando al ritmo de sus abdominales, y terminó pareciendo un hombre hecho de granito escurialense. De los chulos actuales, más poligoneros en general, mi favorito es Gabriel Rufián. Se gusta, mide los gestos, imita ademanes cinematográficos, aunque siga gordo, con corte de pelo a lo Tangana, y tono de castigador, como de te hablo para no partirte la cara. Intuyo que en el colegio le sacudieron. A mí me inspira cierta ternura porque se da tanta importancia que no advierte lo ridículo que resulta. Como creo en la paridad, citemos a las ministras Montero, epítomes de la chulería de corrala, dúo de bailaoras del poder y pelos de tablao. Porque yo lo valgo, chatis.
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