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"Sé que el Dakar no se corre en Dakar, sino en Arabia, como la Supercopa de España"

Avatar del Pedro CharroPedro Charro17/01/2022
Últimamente estoy más agotado que nunca: agotado de escribir, agotado de oír hablar todo el día del virus, de los test de antígenos, de que me digan cuáles son las mejores novelas del 2021 y no haber leído ninguna, de escuchar palabras vacías, de ver anuncios de series que no debe uno perderse y no pienso ver, así que cuando llega la noche y no puedo más, pongo una cadena que da saltos de trampolín o carreras de esquí de fondo en el que los participantes, generalmente un ruso o una noruega, dispararan en la nieve con una carabina. Es una delicia ver algo sin argumento ni tensión, es como meditar. Pero últimamente he descubierto algo mejor: el rally Dakar, un programa de dos horas donde puedo ver coches y motos a toda pastilla surfeando dunas y levantando nubes de polvo, y disfrutar de un atardecer en el desierto, como si fuera un beduino con turbante. La imagen de esta tierra pedregosa y vacía, que se extiende al infinito, me produce una gran serenidad. Es como huir de un mundo demasiado lleno. Ahora ya voy sabiendo quién es Nasser Al-attiyah, y que Carlos Sainz este año corre en un Audi con doble motor eléctrico y que perdió mucho tiempo al comienzo por una mala navegación. Sé que el Dakar no se corre en Dakar, sino en Arabia, como la Supercopa de España, me manejo con los modelos de coches y los equipos y he escuchado también las quejas de quienes dicen -vaya novedad- que nada es como antes, cuando los coches no eran tan fiables, las etapas era más largas e inhóspitas, y la aventura vencía a lo puramente comercial. Vamos, que este rally es una metáfora de lo que le ha pasado al mundo, que ha perdido el alma sin que nos diéramos cuenta. Pero sobre todo me gustan los comentaristas: gente bregada que también ha tragado arena del camino y saben que el Dakar es jugarse la vida por nada, luchar contra uno mismo y tratar de llegar al final. No hay quien dé más.
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