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El rincón

La guerra de Ucrania también pasa por el puerto de Larrau

Europa es hoy un espacio mucho más interconectado. Hay 1.700 ucranianos que viven en Navarra. Y toda sacudida bélica y económica nos llega

Ampliar Kiev soldado
Un soldado pasa junto a los restos de un avión militar en KievEFE/EPA/SERGEY DOLZHENKO
Publicado el 27/02/2022 a las 06:00
El puerto pirenaico de Larrau (término de Ochagavía) no es sólo un magnífico escenario natural y una ruta muy usada por los ciclistas. Por allí cruza la frontera una de las dos únicas conexiones para transportar gas de España hacia Francia y el resto de Europa (la otra está en Irún). Y el papel estratégico de este gasoducto se ve de repente reforzado al máximo con la invasión rusa de Ucrania. Un detalle de como una guerra en la otra punta de Europa deja de ser un conflicto lejano. Y que ratifica que el mundo no sólo es un lugar muy vulnerable (como la pandemia nos acaba de demostrar) sino que también se ha vuelto más inseguro.
Una sacudida. La invasión rusa de Ucrania ha sacudido a Europa hasta sus cimientos porque supone el estallido de una guerra en el interior del propio continente. Pamplona está a apenas 2.668 kilómetros de Kiev en línea recta. Un escenario que parecía imposible y superado en pleno siglo XXI. Y nos lo hemos encontrado de bruces por culpa de Vladimir Putin, un autócrata que parece empeñado en resucitar el viejo imperio ruso a sangre y fuego, aunque para ello tenga que asaltar por las armas y con mentiras a un país soberano como Ucrania. El problema es que Putin considera Ucrania parte de su imperio (que lo fue) y se cree con derecho a dictar su futuro, con independencia de lo que piensen los 44 millones de ucranianos, los grandes perdedores. Putin estima que Rusia tiene derecho a generar estados vasallos a su alrededor para protegerse. Como se encargan de recordar los historiadores, es la misma argumentación que usó Hitler en 1939.
Paraguas político y defensivo. Y Europa no es la misma, aunque haya perdido su hegemonía estratégica a manos de EEUU y China. Hoy existen la UE y la OTAN, dos paraguas, por muy imperfectos que sean, para proteger a los europeos. Sin embargo Ucrania se ha quedado fuera de ambos, lo que la convierte en un país muy vulnerable. En la práctica, la dejamos sola abandonada a su propia suerte como la mentan sus ciudadanos estos días.
Pero, sobre todo, Europa es ahora un espacio mucho más interconectado. Por ejemplo, hoy más de 1.700 ucranianos viven en Navarra. La inmensa mayoría son inmigrantes que han venido en busca de trabajo en los últimos años y que residen en Pamplona y su Comarca. También hay un puñado de estudiantes. Por eso, miles de navarros tratan a diario con ciudadanos ucranianos como vecinos o como compañeros de trabajo o de clase. Y otros muchos cientos de navarros han tenido niños ucranianos de acogida en verano en sus casas y este conflicto tiene para todos ellos nombres, ojos y caras. Todos comparten su angustia por el futuro de un país ocupado.
Eso no sirve a la hora de detener una invasión, pero genera un estado de opinión que sí es importante para que las autoridades españolas sostengan una posición firme contra Rusia en las instituciones políticas y de defensa. Sabiendo, por supuesto, y es la cruda realidad, que ningún país europeo está dispuesto a mandar a morir a uno solo de sus soldados a las llanuras ucranianas.
Poderosos intereses económicos en juego. Esta interconexión es evidente también en el campo económico. Aquí hay muchos y poderosos intereses en juego y por eso Europa se mueve lenta y poco eficaz a la hora de reaccionar contra Rusia. En cualquier caso un conflicto abierto entre Occidente y Rusia impactará con fuerza en la economía mundial. Eso es seguro. Y eso es muy malo para Navarra, que es una comunidad muy abierta y dependiente del comercio internacional. Vivimos en un mundo donde todo repercute. Materias primas que escasean, cadenas de suministro más inseguras, subidas de precios, etc.., son elementos que hacen que se ensombrezca la recuperación económica en marcha.
Y el gas que mueve la economía y calienta las casas. En el plano económico, lo que parece más evidente es que la guerra provoca una subida de los precios de la energía. Rusia es el origen del 40% del gas que consume Europa y buena parte del mismo atraviesa además Ucrania. España, en cambio, se abastece de gas en otros mercados (Argelia, Nigeria, Qatar) y no depende de Rusia, como sí lo hace, por ejemplo, Alemania. En eso estamos a salvo, aunque no del alza de los precios.
La mitad del gas que consumimos nosotros viaja hasta España en barcos metaneros y es un gas que es licuado para su transporte. Luego se vuelve a convertir en gas gracias a las plantas regasificadoras que existen en diversos puertos, el más cercano Bilbao y de ahí circula por los gasoductos por todo el país. El hecho de ser una nación dotada de un buen número de plantas regasificadoras es lo que hace de España la plataforma de reserva europea para el caso de que fallase el suministro ruso. El problema: que no hay conexiones internacionales suficientes para realizar un suministro a gran escala desde España hacia el centro de Europa. Larrau, vital, se quedaría muy pequeño. Pero ahí está.
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