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Diario de un convoy | Día 3

Las lágrimas que dejé en Ucrania

El colegiado navarro finaliza en Diario de Navarra sus vivencias como miembro del convoy humanitario de SOS Ucrania que partió el domingo para llevar material sanitario al país

Sentado en un avión de regreso a España no dejo de mirar, pensativo, por la ventanilla mientras nos vamos perdiendo entre las nubes. La necesidad de ir recomponiendo en mi cabeza todo lo que he vivido estos días hace que el agotamiento físico aún no haya podido convencerme de que dormir sería una buena opción.
Los días 3 y 4 de convoy han sido especialmente duros y han ido haciendo mella en el cansancio del equipo que, de forma estoica, generosa y ejemplar han sabido sobrellevar todo ello sin ni tan siquiera emitir una sola palabra de queja, cansancio o desánimo.
El día 3, tras 19 horas seguidas conduciendo el convoy (únicamente con las paradas obligadas para repostar y comer en apenas unos minutos), recorrimos toda Alemania, República Checa y Polonia, donde, tras parada en Cracovia para reagruparnos con el resto de compañeros de SOS Ucrania que se habían desplazado hasta la ciudad, seguimos viaje hasta la ciudad de Jaroslav, a escasa 1 hora de la frontera con Ucrania. 2 horas de sueño después, con todo el equipo ya despierto, eran palpables los nervios que nos indicaban que había llegado el día. Había llegado el momento para el cual nos habíamos preparado durante tiempo. Todas las llamadas, gestiones, reuniones, planificaciones…todos los preparativos, las ilusiones, las expectativas, se jugaban en ese día.
Y llegó. Llegó el momento en el que entramos en Ucrania. Llegó el momento en el que, a medida que nos acercábamos al país, se comenzaban a hacer visibles los estragos de esta maldita guerra. Del éxodo, de las largas colas de vehículos para poder salir del país, del estricto y férreo control de los pasos fronterizos controlados por los militares.
Y cuando casi estábamos a escasos 10 metros de entrar en el país, nos informan de que se han activado las alarmas antiaéreas de la región de Leópolis. Y nadie, absolutamente nadie, mirándonos a los ojos, sin articular ni una sola palabra, planteó la opción de no entrar, de no cumplir con nuestra misión, ni de dejar a nadie en tierra. Y fue en ese momento donde volví a sentir (de nuevo), que estaba rodeado de gente valiente y bondadosa.
Hoy, desde la ventanilla de un avión, sonrío mientras miro cómo duermen mis valientes. Y me invade un sentimiento de alegría indescriptible. Y me recuerdo que ellos, después de estos 4 días, me han enseñado a ser mejor persona de lo que era hasta el domingo. Y de que en el mundo hay personas con las que merece la pena jugársela.
Y sigo sonriendo porque lo hemos conseguido. Porque ya hay 3 heridos de guerra a los que les pudimos estrechar la mano en Ucrania e hicimos que esa misma noche ya durmiesen en las camas del Hospital de Navarra, con la tranquilidad y felicidad de que van a ser tratados con el mayor cariño del mundo.
Y sonrío porque Ucrania tiene más vehículos y material sanitario que van a salvar vidas. Y no puedo evitar rememorar la sonrisa de alegría de dos de las chicas ucranianas que nos recibieron, contentas, porque tenían más vehículos para llevar al frente (conducidos por ellas mismas) mientras se juegan literalmente la vida por sus compatriotas….
Y a la vez que sonrío, me acuerdo de la imagen grabada al mirar atrás, mientras abandonaba la frontera…y recuerdo aquellas lágrimas que dejé en Ucrania mientras una de ellas recorre mi mejilla.
¡Resiste Ucrania!
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