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Edición y autoedición

Hace unas semanas me invitaron a participar en un coloquio sobre edición y autoedición. Me colocaron en la esquina de quien defiende la edición tradicional; en la otra, una empresaria dedicada a editar en Amazon. Ella vino a vender su negocio; yo a hablar de literatura. Mala idea. Vaya por delante que a mí no me molesta que la gente quiera escribir y autoeditarse. Conozco vicios mucho más nocivos que tratar de contar una historia. Hay ilustres precedentes de autores auteditados. El gigante Marcel Proust pagó con el dinero de papá la edición de los dos primeros tomos de A la busca del tiempo perdido; Juan Benet pagó de su bolsillo la edición de su primer libro, una compilación de relatos titulada Nunca llegarás a nada. Cierto es que hace años la autoedición era una manera un poco vergonzante de editar lo que las editoriales convencionales no querían publicar. En descargo de quien optó por esa vía hay que decir que el panorama editorial hace veinte años no era muy alentador: había seis o siete grandes editoriales y debajo se extendía el vacío. Ahora, junto a los grandes grupos editoriales, conviven sellos independientes que publican a autores y traducen obras que de otro modo se perderían. Suelen ofrecer la literatura más interesante. No hace tanto tiempo había editores que a cambio de publicar un libro pedían al autor que comprara doscientos ejemplares de la obra. La picaresca no tiene límites, pero la autoedición quita trabajo a las editoriales convencionales, que reciben al mes cientos de ejemplares no solicitados, la mayoría de los cuales no podrán ser leídos. Lo que más llamó mi atención es que en el coloquio no se habló de lectura. Porque a escribir se aprende en gerundio, leyendo y escribiendo. Así lo dije, pero el público estaba a otra cosa: la seductora e inteligente empresaria consiguió varios contactos de autores octogenarios a quienes iba a rascar el bolsillo a cambio de editarles sus manuscritos; yo conseguí que me pagaran bien por clamar en el desierto.
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