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"Vimos al rey en la noche del 23-F y quien más quien menos acabó por ser juancarlista"

La primera vez que vi al rey emérito fue en una fotografía en blanco y negro, junto a mi madre y mi tía. Corría el año 1955 del siglo pasado y ambas fueron enviadas por sus padres a Nueva York “a aprender inglés”. Mis abuelos eran muy modernos. Las dos españolas visitaron la academia de West Point. Y allí estaban, pasaditas de peso a causa de la dieta norteamericana y, al menos mi madre, según su propia confesión, mareada de ver cómo desfilaba tanto cadete guapo. Y en estas apareció el entonces príncipe Juan Carlos, que también andaba de visita en la academia militar. Les faltó tiempo para presentarse. Se hicieron una fotografía con un chico altísimo y espigado al que el uniforme le sentaba como a un maniquí. Mi madre se trajo de Nueva York muchos discos de Elvis Presley y una lealtad a la monarquía que el tiempo de la Transición no hizo más que acrecentar. Y con razón. Desde entonces, claro está, en casa de mi madre no nombrarás al rey, emérito o no, en vano o tu cabeza rodará como una col de Bruselas. Mi generación no viajó a Nueva York a aprender inglés, pero crecimos con un pie en el párkinson del franquismo y el otro pisando la dudosa luz de la Transición. Mientras, “Juan Carlos I el Breve”, como lo bautizó con su infalible intuición Santiago Carrillo, jugaba el ajedrez del cambio. Vimos al rey en la noche del 23-F y quien más quien menos acabó por ser juancarlista. Era, como lo es Felipe VI, un símbolo. Esta semana lo he visto con mirada senil hacer la uve de la victoria. “He venido aquí a normalizarlo todo”, dijo. Hasta nos hicieron gracia sus borbonadas de líos falderos, pero ya no, pues ha puesto un truño en las últimas líneas que los libros de historia dedicarán a su reinado. Al igual que su padre renunció a un trono, que deseaba más que nada, por el bien de su hijo y de España, el emérito debería quedarse quieto, hacer caso al geriatra, tomarse la pastillica correspondiente y allanar el camino a su hijo que, la verdad sea dicha, lo tiene bastante crudo. Viva el rock and roll.
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