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“La ciudad está empapada, alicaída, gélida”

Han hecho falta más de 40 años para que tuviéramos auténtica memoria histórica

Avatar del Pedro CharroPedro Charro05/12/2021
Si llueve por santa Bibiana -escribe Ángel María Pascual, en sus Glosas a la ciudad, en diciembre de 1947- llueve 40 días y una semana, y hoy Pamplona, allí fuera, tras la ventana, recuerda a aquella del 47 en que no paraba de llover, como si de pronto apareciera su auténtica alma, como si las cosas no hubieran cambiado tanto. La ciudad, como la de Pascual, está empapada, alicaída, gélida, con grandes bolos de nieve todavía en alguna esquina, como grandes bolas de golf, y los vencejos chillando desde los árboles desnudos, mientras la gente va con las manos en los bolsillos a recogerse en casa. Dan ganas de arrimarse al castañero o meterse al cine -dicen que llega otra de Sorrentino, más íntima y sencilla, autobiográfica, en la que cuenta el paso de la adolescencia a la madurez-, o viajar a Lanzarote aprovechando este largo puente en que vuelve la lata del virus que ahora se llama ómnicron, como si fuera el título de una película de ciencia ficción. Este es un puente foral que se hace hoy constitucional, que es algo que me ha quedado muy bien, pero que a la gente le deja un poco frío, pues no estamos acostumbrados a fiestas laicas, a conmemorar minucias como el estado de derecho, la libertad, lo que nos une, en vez de algún santo; debe ser que tener una constitución democrática, haber cambiado el país de arriba abajo, ser Europa, es algo que se da por supuesto, no genera emociones, algo que solo se echaría en falta si se perdiese, como la salud. Han hecho falta más de 40 años para que tuviéramos auténtica memoria histórica y le dedicáramos una plaza, si nos descuidamos un poco ya se nos olvida, pese a que el gran acuerdo del 78 es el quicio de una época, el comienzo de todo, nuestra frontera. Es lo que permite que cada uno persiga su proyecto, que no haya una sola manera de vivir. El paso de la adolescencia a la madurez. Que distinto, en verdad, este diciembre a aquel del 47, en plena posguerra tenebrosa, en un país hecho trizas, triste, con sabañones, sin esperanza; que distinto este tiempo de Santa Bibiana, al que le quedan 40 días y una semana, de aquel invierno del alma que parecía que no iba a acabar nunca.
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