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La bufanda

Ángel, un viudo de Albacete, estaba dando un paseo cuando extravió la bufanda que le había tejido su mujer

Avatar del Rosa PaloRosa Palo14/01/2022
No sé cuántas cosas he perdido en mi vida. Y he perdido muchas, sobre todo bolígrafos y mecheros. Y calcetines, claro. Y paraguas, que voy a uno por chaparrón. Menos mal que aquí llueve poco.
También he perdido elasticidad y firmeza: mis tetas, antes insolentes, ahora parecen dos calcetines rellenos de arena mojada. Y cintura cada vez tengo menos, de la una y de la otra, de la de avispa y de la que se necesita para sortear situaciones complicadas. He perdido memoria, dinero, oportunidades, amores contingentes y unas gafas carísimas. Incluso he llegado a perder la cabeza, pero volví a encontrarla después de atarle los huevos a San Cucufato y de ir al psiquiatra. Y he perdido gente a la que quería tanto en vida que aún conservo el dolor de seguir queriéndola después de muerta.
Por cada una de las pérdidas he llorado más o menos, por dentro o por fuera, con rabia o con tristeza. Lo he hecho por las pérdidas grandes y por las que, siendo aparentemente pequeñas, son inmensas porque atesoran todo el amor del mundo. Ángel, un viudo de Albacete, estaba dando un paseo cuando extravió la bufanda que le había tejido su mujer. Ocurrió a principios de enero, y aún no ha aparecido. Ha puesto un anuncio ofreciendo cincuenta euros a la persona que la encuentre y se la devuelva. “No es lo que vale, es el recuerdo de mi señora ya fallecida”. Yo tengo más suerte que él, porque todavía guardo la bufanda que me hizo mi madre. La de Ángel es tostada y con flecos; la mía es de colorines. No salgo con ella a la calle porque es demasiado corta y demasiado estrecha pero, a veces, me la pongo para abrigar un corazón que se desmanda y se me sube a la garganta al verla en el armario. Ojalá Ángel recupere su bufanda.
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