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No San Fermín

Canto al santo y paseo por el recorrido en el primer encierro de los no Sanfermines

El canto en la hornacina improvisado inmortalizó la primera y única secuencia del recorrido sin toros de este año

Ampliar Divino encierro
Divino encierro
Canto y encuentro del primer 'no encierro'
Cántico y encuentro del primer 'no encierro' de 2020Natxo Gutiérrez
Actualizado el 08/07/2020 a las 06:00
Fermín Primicia Amatriain cumplió este martes 66 años. Durante 43, su cuadrilla ha sido la encargada de portar la imagen del santo -la auténtica- a la hornacina en la que, entre el 7 y 14 de julio, convergen miradas de emoción, devoción y súplica para esquivar la amenaza de los toros. Este martes acudió vestido de blanco y rojo, pañuelo anudado al cuello y un sentimiento de lamento entremezclado con el sentido común que aconseja evitar aglomeraciones por el riesgo a ser evacuado al hospital y no precisamente por una herida de asta. Minutos antes de que sonaran las ocho campanadas desde San Saturnino -hora de silencio y nervios contenidos cuando asoma la manada en Santo Domingo-, descubrió al santo. La efigie ocupó la pantalla de su móvil, ausente este año el original que se abre paso cada 7 de julio entre manos que reposan en su talla y peticiones calladas para espantar el peligro.
Suspendidos los Sanfermines, el registro de corredores fue notablemente inferior. Sin organización previa, arrastrados por el cumplimiento de una costumbre en un día señalado, el sentimiento empujó de la cama a un ramillete de habituales. “Sin los nervios de finales de junio”, como enfatizaba César Cruchaga, acudieron a implorar al santo su intercesión en una carrera fantasma. Probablemente, por estar vacíos los corrales del Gas y Santo Domingo y no apreciarse el “olor a toro”, según señaló el riojano Sergio Jorge Del Hoyo, sobre los 848 metros del recorrido fluyó la emoción que eleva el encierro a la categoría de divino.
Hubo una ligera demora para acercarse desde la librería de Abarzuza y aledaños, convertidos en punto de encuentro, hasta la hornacina cuando el reloj avanzaba hacia las ocho. Un ligero arrebato de timidez y reserva personal detuvo a medio centenar de mozos a unos metros donde otros nueve se animaron a cantar e invitaron a encomendarse al santo. “¡Ánimo! Que hoy no hay encierro pero sí sentimiento!”, se escuchó de boca de Sergio Jorge. Clara fue su propuesta, despierto como estaba después de levantarse a las cinco de la mañana y acudir desde Logroño a su cita anual. Con la de este martes, que también cuenta, sumó 23 ediciones en el encierro. Con su presencia transmitió un mensaje humanitario que podía leerse en su camiseta, diseñada por él mismo: “Con un pase de pecho templamos las embestidas al cáncer de mama”.
“Encierro el que hemos tenido estos meses atrás”. Como voz en off , la propuesta halló respuesta desde las alturas de la hornacina. Luego, a la hora de la verdad -que en realidad fue poco después de las ocho- el sevillano Tomás Ruiz Fernández, con 18 años acumulados en el encierro de los 52 vividos, se arrancó con la primera estrofa del 'A San Fermín pedimos...'. Encontró respaldo en ocho acompañantes que periódico en mano acabaron la estrofa, en castellano y euskera.
Probablemente, a falta de toros, el enjambre de cámaras que se formó delante suyo disuadió al resto de los congregados, vestidos de rojo y blanco, para sumar sus voces al improvisado coro. Tan pronto como regresó el silencio, comenzó el paseíllo de los corredores por el recorrido, con una primera parada casi obligatoria en la librería Abarzuza, donde es costumbre dejar a buen recaudo de su titular, Rafa Rodríguez Raposo, móviles y otros objetos de valor antes de la carrera delante de los toros. La tradición se mantiene desde que el padre de Iñaki Ochoa de Olza confiase sus gafas en la improvisada consigna, a la que vuelven los mozos cuando el peligro escampa. Los teléfonos guardados son los mismos que sirven para dar a sus allegados la buena suerte corrida o cualquier otra novedad que depare el encuentro con las astas en la cuesta de Santo Domingo. “Falta mucha gente hoy, de pueblos y de otras comunidades”, lamentaba el librero.
Sin manada que obligase a poner pies en polvorosa, la doble naturaleza de los humanos que en Sanfermines acreditan ser divinos animó a los que sentían su emoción a iniciar el camino de su procesión interior hasta el callejón de la plaza de toros. Gorka Azpilicueta, Dani Oteiza, César Cruchaga o Teo Lázaro anduvieron los pasos que, en otras circunstancias, hubiesen sido zancadas entre calles pobladas y balcones llenos. “Antes de los Sanfermines estás que ‘mal que duermes’, dándole vueltas a la cabeza pensando en los toros. No pueden celebrarse las fechas más importantes para todo pamplonés. El año que viene estaremos con más fuerza. Si estamos aquí es porque nos apetecía revivir los instantes previos al encierro y hacer el recorrido; tener las mismas sensaciones pero sin nervios y sin toros”, decía César Cruchaga.
Teo Lázaro Armendáriz, que también alcanzó el destino del callejón de la plaza de toros, reconoció estar presente por lo que significa y siente “un 7 de julio”: “Revivir y rendir tributo a San Fermín”.
EL ALMUERZO
No faltó, como es preceptivo después de la carrera, el almuerzo, condimentado con recuerdos y buenos deseos para el próximo año. En la Estafeta, desnuda de espectadores asomados en las balcones, coincidieron Juan Antonio Gambín Puis y su hijo, Aaron Gambín Gambín, de Cox (Alicante); Juan Arnal Martínez, de Castellón; y Anna Ruiz Calleja y José Manuel Blázquez Pérez, de Tarrasa (Barcelona). Veinte años del primero revalidando su asistencia le acreditan como voz autorizada para hablar de un encierro que ayer y estos días se viven en la intimidad, con nostalgia y emoción, simplemente porque son divinos. Como los corredores.
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