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Historias familiares

Mujeres sin nombre

  • Sonsoles Echavarren
Publicado el 30/09/2021 a las 15:14
Érase una vez una mujer que perdió su nombre. De aquello, no hace mucho, mucho tiempo y la historia tampoco sucedió en un país muy lejano. De hecho, esa mujer era yo. Pero lo mismo podrías ser tú. Tu mujer. Tu hermana. Tu cuñada o tu prima. Tu hija o la vecina del quinto. Dicho con todo el cariño para mis vecinas del piso de arriba. Ocurrió que esa chica que, hasta entonces, había tenido su protagonismo en la familia, el colegio, la universidad, el periódico o el hospital en el que trabajaba, dejó de existir con su nombre y apellidos desde el mismo momento en que salió del paritorio con su bebé recién nacido en brazos. Y se adueñó, sin quererlo, de una nueva identidad, que no fue otra que la de ‘madre de su hijo’. ¿No recuerdas cómo, ya desde las primera visitas al pediatra, se dirigían a ti como ‘mamá’? “Entonces, mami, ¿hace caca después de cada toma o solo una vez al día?” Al poco, el retoño empezó la guardería y pasaste a ser “la madre de Diego” o la “mamá de Lucía” y, así mismo, te añadían el resto de “las madres de” en la agenda de sus contactos del ‘wasap’. A ver, que es ley de vida querer a los hijos, desvivirnos por ellos y tal y cual. Nadie lo duda. Pero, ¡yo apuesto por seguir manteniendo nuestras señas de identidad en el patio del colegio! El nombre y la profesión, si es que queremos compartirla. Y, bueno, que nadie se moleste. Porque esta situación que cuento también es extensible a los hombres. Pero, como cada uno arrima el ascua a su sardina, yo voy a contar mi historia. Ahí va.
Mi hijo mayor tenía horas de vida cuando toda la familia empezó a desfilar por la habitación del hospital. Yo, madre primeriza, dolorida y asustada, no estaba para muchas juergas. Y mi marido, aún a riesgo de ser un borde, frenó la entrada, cual portero de discoteca, a los primos de Murcia y los vecinos que venían con sus ramos de flores. Entonces me di cuenta de que yo ya no importaba o contaba menos (mucho menos que en el embarazo) y que el único rey era el niño. Cuando las enfermeras se referían a mí como “mamá”, no asimilaba aún ese nombre. “¿Soy madre? ¿Ese bebé llorón ha salido de mí y se quedará con nosotros para siempre?” Preguntas obvias cuya respuesta parecía compleja con el subidón del cóctel de hormonas. Y lágrimas.
A los pocos meses, comencé a ir al parque. No sé por qué me hacía tanta ilusión tirar al bebé por el tobogán o balancearlo en esos columpios tipo pañal. ¡Si alguien me hubiera dicho que quince años después aún seguiría en la ‘Continuidad de los parques’, como en aquel cuento de Julio Cortázar, seguro que no habría tenido tanta prisa! El caso es que en esos puentes de madera y esas anillas, comencé a confraternizar con otras madres. Y nuestra identidad se fue diluyendo. Solo, en alguna ocasión, compartíamos retazos de nuestra vida anterior. “Ah, ¿eres abogada? ¿Y cómo te vas a organizar?” Pregunta del millón.
El tiempo pasó. Mi hijo mayor comenzó el colegio, con 3 años. Y allí llegamos las ‘reinas del patio’. Mujeres profesionales que nos habíamos reducido la jornada para salir despepitadas del trabajo, despeinadas y sin sombra de maquillaje, para correr al colegio con nuestros bebés o tripas de embarazadas y recoger a los ‘mayores’. Fue entonces cuando empezó para mí una nueva era. Al principio, todas eran ‘las madres de’ pero, enseguida, ávidas como estábamos de compartir vida y cuitas (de hijos, trabajos, parejas...) fuimos aprendiéndonos nuestros nombres y forjando una amistad que aún pervive en forma de cenas mensuales, cañas y risas. Aquellas mujeres, mis amigas, me ayudaron a comprender que ser madre es compatible con todo lo demás. Y aunque siga siendo la madre de Diego, Álvaro y Gabriel, ostento también otros ‘cargos’. Aunque, colorín colorado, este cuento aún no se ha acabado.
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