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Historias familiares

Daniel conducirá su sueño

Daniel es el hijo mayor de mi amiga Ana, una mujer valiente y optimista, que se topó con la sorpresa de la discapacidad, a la que, por supuesto, no esperaba, poco después de dar a luz

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  • Sonsoles Echavarren
Publicado el 05/12/2021 a las 06:00
Daniel tiene 24 años y el sueño de conducir un autobús. Pero no uno cualquiera, no. Sino el que le lleva y le trae todas las semanas hasta el centro de educación especial en el que estudia y reside de lunes a viernes. Tanto es así que hasta tiene ya el uniforme, corbata y gorra incluidas, que le han regalado esos chóferes a los que tanto admira. Y que a él le hace tan feliz. Daniel es el hijo mayor de mi amiga Ana, una mujer valiente y optimista, que se topó con la sorpresa de la discapacidad, a la que, por supuesto, no esperaba, poco después de dar a luz. Una inquilina inoportuna en un primer momento pero a la que han abrazado como a un miembro más de su familia. Conocí a Ana y Daniel al hacerles una entrevista. Como a Vicky y a Xabier, con Síndrome de Down; o a Joaquina y Raúl, con autismo. O a Yolanda y Felipe, padres de un hijo que sufrió un daño cerebral a los 3 años como consecuencia de una infección. O a Inés y su pequeño Xabier, que nació sin el antebrazo izquierdo. O a Izaskun y Ionan, con Síndrome de Down y West. O a Javier, un joven con Síndrome de Asperger que lucha por dejar de ser invisible. Tengo la inmensa fortuna de ser periodista, de hacer preguntas a las personas apropiadas, conocerlas, profundizar en sus historias. Y, a veces, sumarlas a mi vida. Así que, cuando el viernes 3 de diciembre leía informaciones con motivo del Día internacional de las personas con discapacidad, no pude dejar de pensar en cada uno de ellos. Y en muchos más. El objetivo no es que todos seamos iguales. Sino tener igual derecho a ser diferentes. Porque en la diferencia está la igualdad. ¡Va por vosotros!
Daniel es un joven feliz, al que le encanta tocar los bongos y comer natillas. Destila bondad. Amor. Ternura. Que reparte a raudales entre las adivinanzas con las que salpica las conversaciones. Como Gaby, un chico con autismo de 25 años, el hijo de Fran. “No tiene maldad”. Y yo misma pude comprobarlo en el breve tiempo que estuve con él. Mientras tomábamos un refresco, me mostraba sus dibujos y grababa la conferencia de su padre con su móvil.
Yo no lo sé porque no lo he vivido. Y es difícil hablar de lo que no se conoce. Pero, por lo que me cuentan las familias, la discapacidad o las capacidades diferentes, da igual la terminología que se elija, es o son duras. Muy duras. Porque nadie espera un hijo así. Y a ese bebé cuando llega al mundo o a ese niña, después de sufrir una enfermedad o un accidente de tráfico, se les ve diferente. Porque se salen de los parámetros de hijos perfectos que todos soñamos. Y que ninguno poseemos finalmente. Sean como sean. Hay gente que asegura que ese niño con Síndrome de Down, autismo, una parálisis cerebral como consecuencia de la falta de oxígeno durante el parto o una enfermedad rara (en cuanto a minoritaria) que aparece a cualquier edad es lo mejor que le ha pasado a esa familia. No dudo de que pueda ser así. Pero también hay quien sufre infinito por aceptar lo inesperado quien tiene que protagonizar campañas benéficas, mostrando su vulnerabilidad, para recaudar fondos con el objetivo de reformar la vivienda o comprar una silla de ruedas eléctrica. Por no hablar de esos padres y madres que se enfrentan a diario a las miradas inquisitoriales en los autobuses urbanos porque “ese niño es un maleducado”. Pero quizá lo que le ocurra es que tenga Síndrome de Asperger, por lo que se pone muy nervioso con el ruido del motor, se tape los oídos y se siente en el suelo. Aunque “no se le note nada”.
Precisamente, fue en un autobús urbano donde se produjo un hito en la historia de los derechos civiles. Cuando Rosa Park, una modista negra de 52 años, se negó a ceder su asiento a un pasajero blanco en Montgomery (Alabama). Corría el 1 de diciembre de 1955. Hace ahora justo sesenta y seis años. Esa mujer, que volvía cansada de trabajar, luchó por su asiento y por sus derechos. Igual que las personas con discapacidad que quieren ponerse al volante de su vida. Como Daniel. Que conducirá su propio sueño. Su propio autobús.
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