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Palabra de peregrino

Suben los grados en la tierra del vino

No hay tregua ni parece que la vaya a haber en semanas. Estella es una sartén y se cocinan las primeras bajas

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Imagen de un peregrino llegando a Cirauquiarchivo
  • Sergio García
Publicado el 27/07/2021 a las 06:00
Me vais siguiendo por delante”. “De victoria en victoria hasta la derrota final”. “Me están saliendo venas nuevas”. En el Camino, la adversidad se combate con ironía. Eso cuando das alcance a los que madrugaron más que tú o los que vienen más frescos te pisan los talones; el resto del tiempo, tú eres tu única compañía. Pones un pie delante del otro y dejas que la inercia se encargue del resto, mientras las cigarras orquestan una sinfonía atronadora y el tráfico se escucha a los lejos. Procuras que el ritmo sea siempre el mismo, como guiado por un diapasón, aunque las cuestas hagan estragos en los cuádriceps y te salgan ampollas hasta en las pestañas.
Puente la Reina nos deja sentimientos encontrados: el arco del Crucifijo, por donde pasan los peregrinos aún legañosos, el puente medieval de autoría incierta sobre el río Arga, la cena que se prolonga más de la cuenta y a punto está de costarnos dormir en la calle. El problema es tener que hacerlo diez personas en una habitación con la que está cayendo, no importa que dejes puertas y ventanas abiertas. En fin, bendita vacuna.
Volvemos a la ruta con la urgencia de quien sabe que libra una batalla desigual contra el sol. El primer obstáculo es una cuesta entre pinares con la que no contaba nadie antes de llegar a Mañeru. No será la última. De hecho, la mayor cota de la jornada nos espera en Cirauqui (en la foto), que detrás de ese paisaje de postal entre viñedos y campos de cereal esconde unas cuestas de vértigo. Marie suda la gota gorda. Ha llegado desde Alsacia (Francia) después de que hace ocho años trabajara de au pair en Galicia. Su castellano tiene un acento gallego que te descoloca por completo. Su excusa para volver no es tanto ver al apóstol como refrescar el idioma y conocer la España que se extiende más allá del aeropuerto santiagués.
En Lorca, hay una fuente de tres caños que merecería ser declarada Patrimonio de la Humanidad, y eso que el Codex Calixtinus pone a parir el río que por allí discurre: “¡Cuidado con beber en él, ni tu ni tu caballo, pues es mortífero!”, rescata la guía Eroski, el mejor amigo del peregrino. Leif y Susan, suecos de Orebro, son un matrimonio que navega ya la sesentena pero les falta poco para zambullirse en la pila como hooligans. Cien metros atrás nos hemos intercambiado el tradicional ‘Buen Camino’ y el de él ha sonado como un estertor, no importa que en su haber figure ya el itinerario de la Costa entre Irún y Santiago, asegura. Cualquiera se pone a hablar con él de la trilogía Millennium, lo mismo le da un ictus.
A Estella entramos por la calle de Curtidores, dejando a un lado primero la iglesia del Santo Sepulcro y luego la de San Pedro de la Rúa, que recuerda a una fortaleza. Muchos albergues están cerrados y hay que estar vivo para reservar en el resto, no vaya a ser que toque dormir al raso. Pau no ha entrado con buen pie: una torcedura inoportuna le ha dejado el tobillo hinchado como una bota, por lo que ha ido renqueando hasta el río Ega a meter los pies en el agua con la esperanza de que el frío y unas bolsas de guisantes congelados le ayuden a capear el temporal. Buena pinta no tiene.
¿LA BANDA DE QUIÉN?
Viviana y Noelia, ambas de Barcelona, deben regresar al trabajo dentro de un par de días, con lo cual dirán adiós a la aventura a la altura de Los Arcos. Es la etapa siguiente que arranca de nuevo con una subida empinada hasta las Bodegas Irache, donde aguarda la fuente que mana vino tinto joven -cien litros al día, que no es moco de pavo-, auténtico El Dorado para los que hacen el Camino, no importa que aún no haya despuntado el sol.
La ruta prosigue desde allí en dirección a Villamayor de Monjardín, en cuyo castillo dice la tradición reposan los restos de Sancho Garcés. Pasamos junto a un campo de lavanda -”¿La banda de quién?”, exclama Mariano, que estaba a por uvas, provocando la carcajada general- y enfilamos la cuesta del día cuando todavía sopla algo de brisa. Eso nos salva, porque el calor no respeta a nada ni a nadie. En el bar del frontón, el camarero -txuri urdin hasta la médula- arremete con saña contra el bilbaíno -o sea, yo-, no en vano este año nos han dado hasta en el velo del paladar.
Iniciamos entonces una bajada, lo que para variar no está nada mal, y no tardamos en comprobar que la media hora que hemos echado entre gaseosas y RedBulls nos va a pasar factura. El sol está ya en todo lo alto y los doce kilómetros que restan hasta destino se convierten en un calvario. Vides, girasoles y campos segados donde se amontonan pacas de heno son testigos de nuestro deambular cansino. Ni un árbol que dé sombra.
Rubén tiene los tobillos hechos harina desde que bajó el Perdón y habla de regresar a Madrid, donde le espera la segunda dosis de la vacuna. Le diremos adiós en Logroño. Manuel no está mucho mejor: confiesa que echó a andar con calzado nuevo y ahora paga la imprudencia. En Estella se le ha aparecido la Virgen en forma de peregrino que le ha drenado las ampollas con una aguja hipodérmica, le ha inyectado Betadine y vendado ambos pies como si fuera el cuñado de Nefertiti. Un trabajo lo que se dice fino.
En Los Arcos, vamos directos al albergue para lamernos las heridas. El termómetro marca 35º cuando leemos que la etapa de mañana será de 30 kilómetros. Que Dios nos pille confesados.
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