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Palabra de peregrino

Leyendas que cruzan océanos de tiempo

En la población leonesa de Hospital de Órbigo todavía se escuchan los ecos de la mayor justa de la historia por el amor de una mujer

Ampliar El puente del Passo Honroso en Hospital de Órbigo
El puente del Passo Honroso en Hospital de ÓrbigoDN
  • Sergio García. Astorga
Publicado el 17/08/2021 a las 06:00
El puente es majestuoso, lo mejor de una jornada que discurre en paralelo a la carretera, entre polígonos industriales y acequias que riegan maizales que parecen no tener fin. Diecinueve ojos tallados en sillares de origen medieval y una historia que evoca tiempos lejanos, cuando los caballeros apostaban su vida en torneos a caballo, arremetiendo los unos contra los otros lanza en ristre. Corría el año 1434 -Xacobeo, por más señas- y don Suero de Quiñones aspiraba al amor de doña Leonor de Tovar, lo que le llevaba a ayunar sin descanso y a colgar de su cuello una pesada argolla. Se ve que también entonces el corazón tenía razones que la razón no entiende.
Ella debía de ser dura de roer, porque el noble no encontró mejor manera de llamar su atención que desafiar a las mejores casas de la Cristiandad. Sesenta de sus pares acudieron a la cita, procedentes de Francia, Alemania, Portugal y España. La expectación era tremenda: 30 días de justas al pie del Passo Honroso, como se conoce aún al puente, a cuyos pies se levantaron un campo de lizas, cadalsos y tribunas. La sangre competía en caudal con el río próximo. 166 lanzas se habían roto cuando el amante se consideró liberado de su promesa. Peregrinó a Santiago, desposó a su amada y comieron perdices. Hasta que 24 años después, Suero, ya talludito, fue muerto a manos de uno de aquellos rivales a los que había humillado sin piedad. Los hay que no saben perder.
Recapitulemos. Cuando el paisaje no está a la altura, no hay nada como fijarse en el paisanaje. Y menuda galería. Agapito Trigal lleva 18 años prestando ayuda a los peregrinos. Despliega ante ellos un surtido de galletas, frutos secos, pastas, un trago de agua... sin otro pago a cambio que una rúbrica y unas palabras de agradecimiento en cuadernos -más de un centenar han visto estos ojos- que guarda como un tesoro. Ha viajado a Santiago cuatro veces desde que, jubilado, le diagnosticaron un cáncer de próstata y burló a la parca.
Encuentro a José, “abulense de Madrid”, llenándose los pulmones del aire que no ha podido respirar hasta que le prejubilaron. Lleva desde Saint Jean -casi 500 kilómetros atrás, se dice pronto- tratando de recuperar el tiempo perdido. Dice que solo desfalleció cuando a su nieta de 9 años le dio un ataque de apendicitis y la tuvieron que operar a la carrera. “En tres semanas es la única vez que casi tiro la toalla. Pero qué iba a hacer, si no dejaron entrar ni a su padre”, brama.
Atrás hemos dejado a Manuel, un almeriense que echó a andar el 18 de junio, lleva 1.200 kilómetros en su haber y duerme a la intemperie. Tiene el aspecto de Robinson Crusoe y la barba de Carlos Marx. “No llevo un duro encima -vaya, será que no ha leído El Capital-, pero siempre hay alguien dispuesto a ayudarme», dice mientras devora un capazo de naranjas bajo un fresnillo. Solo necesita un soplo de brisa para ser la viva imagen de la felicidad. Pero no es tan sencillo. “Empecé a andar cuando lo perdí todo. Un matrimonio fallido, una hija que apenas conozco y una adicción a la cocaína que me convirtió en un despojo. Hasta la pensión tengo embargada, no te digo más. A veces pienso que llevo años persiguiendo a la muerte, pero la muy cabrona me rehúye”. Ante ustedes un hombre que ha tocado fondo, con mucho de lo que arrepentirse y ningún pudor a la hora de desnudar su alma. Cuando lleguemos a Santiago -y por Dios que lo vamos a hacer- espero tenerlo al lado para darle mi primer abrazo.
LIGEROS DE EQUIPAJE
No se ven muchos caminantes, y eso que León es banderín habitual de enganche. La Oficina del Peregrino informa en su web de que ayer entregó algo más de 911 compostelas -el Francés es solo uno de los caminos que conforman la tupida red de rutas que conducen al Apóstol-, aunque mucho me temo que la mayoría son incorporaciones en Sarria, ya que basta con cubrir los últimos cien kilómetros para ganarse los galones. Entre los veteranos están los que viajan ligeros de equipaje, que recurren a empresas como JacoTrans o CaminoFácil para transportar las mochilas de albergue en albergue al módico precio de 5 euros. Ya es bastante penitencia el variado catálogo de ampollas, torceduras y rodillas hechas harina, como para encima ponerse exquisitos. Que Dios dijo hermanos, pero no primos.
Como firmaba José Luis Cuerda, amanece, que no es poco. Han caído cuatro gotas, lo suficiente para que salgan los caracoles. Dejamos atrás el curso del río Órbigo y enfilamos la ruta que conduce a Astorga, pasando por Santibáñez y esa cuesta erizada de piedras que machaca sin piedad una ampolla que me ha salido en el pie izquierdo -la primera en tres semanas, hay que joderse-.
Antes de ver asomar las torres de la catedral y el palacio de Gaudí, paramos en La casa de los Dioses, un chamizo en medio de ninguna parte donde David tiene preparada una mesa repleta de frutas y agua con limón. La gente deja un donativo a cambio del refrigerio, a veces ni eso; otras hasta se llevan unos euros que dejaron los que les han precedido. “Yo no le pido explicaciones a nadie”, desliza el anacoreta. No tiene luz, ni móvil, ni siquiera agua corriente: va a buscarla a kilómetro y medio de este Shangrila del buen rollo. “Mira, ¿Sergio te llamas, no? Yo anduve 10.000 kilómetros por toda España sin un euro y nunca me faltó de nada. Ahora me toca a mí prestar ayuda al que lo necesita y nunca, repito nunca, me he arrepentido. Y ahora deja la cámara y come, que de solo verte me están entrando ganas de beber café y lo dejé hace 22 días”. Zasca.
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